Tormenta

agosto 2, 2018

Tormenta es uno de estos tangazos que cuando lo tocas (o lo bailas) te llega hasta la médula, en cada acorde y en cada paso, corchea por corchea, sin cautelas y sin piedad. Lo compone, música y letra, Enrique Santos Discépolo, en 1939, y no hay tanguero que no lo haya bailado decenas de veces, cada una como si fuese la primera. Pero no es un tango muy tradicional, porque no es melancólico ni lánguido, sino sencilla y cruelmente desesperado. De hecho, es el canto de un desesperado, que aúlla entre los relámpagos de la tormenta de su vida porque su fe se tambalea, al descubrir que lo que enseña Dios no sirve para vivir, y que la gente mala vive mejor que aquellos honrados que luchan en su nombre, sufriendo en un mundo de lagrimas donde se desprecia a quien no aprende a robar. Siempre actual, no cabe duda. Más allá de la música arrasadora (¡una obra maestra!) y de la letra lacerante, destaca el mensaje directo y manifiesto: los que se portan bien acaban mal, y cuando ya es tarde llegan a un clásico “Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Pero en realidad la letra esconde (dudo que sea con premeditación y alevosía) otro detalle, que no puede pasar desapercibido a los que suelen tener perspectivas más coherentes y racionales. Enrique Santos Discépolo es probable que no se haya dado cuenta de que estaba componiendo una oda a una de las principales incongruencias de las religiones, que predican una moral (el bien, el amor, la justicia) solo a cambio de un premio. Más allá de las distintas raíces teóricas de las religiones, la percepción común y tradicional de sus preceptos se basa totalmente en premios y castigos. Hay que ser buenos, si es que se quiere un premio. Y los malos recibirán una punición. Así que ser bueno o malo no es realmente una cuestión de ética o de moral, sino de negocio. No es una bondad de amor, sino de conveniencia, egoísta e interesada. Y claro, si soy bueno y no recibo los premios y las ventajas, me quejo al responsable. Ahora, antropólogos y sociólogos le han dado muchas vueltas y, detalles aparte, lo ven muy claro: la religión se ha desarrollado para permitir crear grupos grandes sin que la gente se mate, se robe o se viole como locos. Somos simios programados para tribus pequeñas, y para ampliar la comunidad sin dar rienda suelta a agresividad y violencia hay que establecer normas a base de premios y de puniciones. Y mejor si estas normas vienen de seres invisibles, que no se pueden ver ni consultar. Hay que fiarse. Además creer en algo absurdo es la máxima prueba de lealtad que se requiere para ser aceptado en un rebaño o en una manada, y entonces la religión es también una criba muy eficiente a la hora de averiguar qué estas dispuesto a hacer para quedarte con los demás. Los humanos temen a la soledad más que a la muerte, y están dispuestos a hacer (y a creerse) lo que sea, para no quedarse fuera del clan. Lo cual genera tormentas. Frente a los ateos y a los agnósticos que, como decía Margherita Hack, no necesitan recompensa para portarse bien.

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Os invito a leer los muchos artículos publicados en el blog “Evolución y Neurociencias” sobre antropología y religión, y en particular aquellos sobre creencias sociales y creencias falsas. Y sobre nuestras tribus, aquí van estos dos sobre hordas y macacos.

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Tormenta

Enrique Santos Discépolo, 1939

¡Aullando entre relámpagos,
perdido en la tormenta
de mi noche interminable,
¡Dios! busco tu nombre
No quiero que tu rayo
me enceguezca entre el horror,
porque preciso luz
para seguir
¿Lo que aprendí de tu mano
no sirve para vivir?
Yo siento que mi fe se tambalea,
que la gente mala, vive
¡Dios! mejor que yo

Si la vida es el infierno
y el honrao vive entre lágrimas,
¿cuál es el bien
del que lucha en nombre tuyo,
limpio, puro?¿para qué?
Si hoy la infamia da el sendero
y el amor mata en tu nombre,
¡Dios!, lo que has besao
El seguirte es dar ventaja
y el amarte sucumbir al mal.

No quiero abandonarte, yo,
demuestra una vez sola
que el traidor no vive impune,
¡Dios! para besarte
Enséñame una flor
que haya nacido
del esfuerzo de seguirte,
¡Dios! Para no odiar:
al mundo que me desprecia,
porque no aprendo a robar
Y entonces de rodillas,
hecho sangre en los guijarros
moriré con vos, ¡feliz, Señor!

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Tango del Mar

julio 28, 2018

Quimbao

julio 20, 2018

Vuelve Martín Rago, el Turco Cantor, pero esta vez su camino no lleva al tango. Sigue su peregrinación entre los sonidos de latinoamérica, cruzando tierras y mezclando culturas. Llega a Cuba, y nos cuenta de este nuevo disco, él del Cuarteto Quimbao

¿Que tienen en común los sonidos de Buenos Aires y los de La Habana?

La música está toda conectada; mas cercana o no, pero conectada al fín. En el caso de la música latinoamericana, hay un vínculo ineludible con España, por ser la principal potencia colonial en la américa latina. En común entre Buenos Aires y La Habana, es lo que llamamos la música blanca. Esta distinción es fundamental, ya que el tango viene de cierta manera de la habanera y el tanguillo andaluz, entre otras músicas. Pero cuando entra el elemento negro, que viene con la esclavitud, cambia sustancialmente, y es aquí donde hay una diferencia muy grande en la ritmática. En Cuba todo lo que viene del son nunca es a tierra, cosa muy diferente al tango, en donde todo va “a tierra”. El cha-cha-cha no entra en esta diferencia, así como el bolero, genero que en Cuba tuvo un desarrollo muy importante con lo que se llamó el “Filin”, donde la armonía tiene una clara influencia del jazz. Por eso generalizando, y tomando al son como música representativa de La Habana o Cuba en general y al tango en Buenos Aires, no hay mucho punto de encuentro. De allí la dificultad para hacer los dos generos.

 

Pero todos los boleros se pueden bailar e incluso arreglar como tangos …

Pareciera que el tango y el bolero estuvieran muy conectados, pero para mi no es así. Desde la poesía el tango es una música muy para afuera, y el bolero es muy interior, se habla mucho de uno y generalmente de su desamor. En cuanto al baile, se podría decir que tienen similitudes, aunque el bolero jamás desarrollo la danza como espectáculo o “de escenario”, y creo que tiene que ver por el tema de las letras … los boleros no suelen ser instrumentales. El bolero, es muy intimista.

El Cuarteto Quimbao ha mezclado una voz de tango, una guitarra con pasado flamenco y una flauta con los colores del jazz … ¿porque la musica latinoamericana siempre tiene tanta capacidad de encuentro y de mestizaje historico y cultural?

La música latinoamericana tiene esa capacidad básicamente porque nace así, de esa manera, de fusiones y más fusiones. Latinoamérica es una tierra de grandes mezclas, de constante mestizaje, y eso influye en la expresiones artísticas; en todos los ramos. Quimbao particularmente nace por el interés de los integrantes de hacer música tradicional cubana, y cada uno trae un bagaje y un lenguaje musical propio de sus trabajos musicales. Esto hace que a veces, de manera involuntaria, los temas cubanos en nuestro caso tengan “un color” muy propio. Podría decirse que es música “pura” pero con una reminiscencia a otras músicas. En mi caso, yo jamás podría cantar como un sonero tradicional, y lo hago desde otro sitio, desde mi historia y mi lenguaje.

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Por la vuelta

marzo 15, 2018

Siempre me he preguntado cómo es posible que un músico deje de tocar su instrumento. ¿Qué puede causar esta separación? Años de alegrías y de decepciones, de compromisos y de emociones, de esfuerzos y de sorpresas, de éxitos y de fracasos, de preguntas y de respuestas, descubriendo cada día un nuevo paso de un largo camino. Y luego, a veces de repente, el camino se acaba. Desde luego la vida promedio de muchos instrumentos es mucho más larga de la vida promedio de los músicos, con lo cual es evidente que, antes o después, la separación es inevitable. Ara Malikian hacía notar que, considerando que la edad de un violín a veces se mide en siglos, el instrumento que toca no es “su violín”, sino que es él, Ara, el momentáneo violinista del instrumento (“Y quedarás en manos de otro amante, dándole el tiempo, tu suspiro y tu arte, y mi consuelo es que en el día que me muera, tejido en tus cuerdas habrá trazos de mi piel” – Balada para un Violín). Pero bueno, esta es ley de vida (y de muerte), y yo me refería más bien a una separación tradicional, por decisión propia, aquellas separaciones que marcan el fin de una época, y el principio de otra diferente. La relación entre un músico y su instrumento es íntima, no solamente por el recorrido compartido, sino porque a menudo han crecido juntos a lo largo de mucho tiempo, moldeándose el uno con el otro. Así que por un lado está la intimidad de una historia común, el sentimiento y el cariño de todas las parejas, pero al mismo tiempo está también la intimidad de cierta relación mental y psicológica, una dependencia reciproca que debería de ser difícil de romper. El instrumento es extensión del músico, parte de su cuerpo. El músico siente este instrumento como parte de sí mismo, y de hecho “piensa” con él. Es la conexión de los cyborgs, seres hechos a la vez de materia orgánica y de tecnología. Y también a nivel bioquímico, aunque no está demostrada una verdadera “drogadicción”, es bastante normal que el músico no consiga estar mucho tiempo sin tocar su instrumento, y sufre, si no puede gozar y calmarse con el chute de opioides endógenos (las endorfinas) que su cerebro se auto-inyecta cuando se crea el contacto cuerpo-instrumento. El cyborg se nutre y se embriaga de su misma vibración, la vibración que solo como criatura quimérica puede emitir. La analogía con el ser trans-humano puede parecer extrema, pero quizás no lo sea tanto. Y algo pasa, cuando esta relación se acaba. En algunos casos a lo mejor no era una relación muy fuerte, no era verdaderamente íntima, y era solo una relación de interés, por ejemplo económico o social. Se acaba el negocio, se acaba la relación. En otros casos quizás ha surgido un conflicto, como a menudo ocurre cuando una relación es tan fuerte que ata y vincula y ahoga, hasta que alguien encuentra la fuerza de ponerle fin con una separación dolorosa. Y finalmente habrá casos en los que, sencillamente, el camino se ha acabado, y se llega al fin de la senda. Como cantaba Atahualpa Yupanqui, nuestras inquietudes nos llevan a buscar horizontes, más que metas. Si llegamos a una meta, acaba el recorrido, acaba la exploración, acaba el descubrimiento. Y ya no hay por donde andar. A veces la meta es una cumbre, a veces solo es un tope. A veces ahí encontramos lo que estábamos esperando, raramente encontramos mucho más, generalmente encontramos mucho menos. Sea como sea, si se acaba el camino, se acaba una historia. Prudente y sabio es ser capaz de reconocerlo, aunque esto, no cabe duda, no alivie el pesar.

Cuenta el hombre enamorao sus tristezas a la luna
sin saber que es gran fortuna sufrir por una mujer
y que no hay peor padecer que no sufrir por ninguna”

(Si sabís templar las cuerdas – Cueca)

Stairway to Japan

enero 10, 2018

Koto y Shakuhachi … increíble …

Bajo cuerdas

noviembre 4, 2017

Los instrumentos musicales son, al fin y al cabo, extensiones de nuestro cuerpo, que cuando se vuelve “cyborg” enlazándose con cuerdas y cañas es capaz de pensar y explorar un mundo distinto de sonidos, ritmos y armonías. Incluso herramientas mucho más simples, cuando las utilizamos con un entrenamiento constante, se “imprimen” en los esquemas neurales de nuestro cerebro, y el cerebro las interpreta como una parte del cuerpo. Esta integración establece un contacto “cognitivo” entre cerebro, cuerpo e instrumento, y el instrumento se vuelve extensión misma del brazo, directamente representado en nuestra corteza cerebral. El ejemplo más famoso es el bastón del ciego, interpretado por su cerebro como un “brazo muy largo”. Si un bastón ya reorganiza nuestra corteza cerebral, os podéis imaginar entonces que revolución cerebral puede desatar … una guitarra! También a raíz de esta relación “neurobiológica”, los instrumentos musicales han evolucionado en la historia de la humanidad con paralelismos y convergencias, adaptándose y moldeándose a los cuerpos de sus poblaciones, y generando patrones de diseño a menudo repetidos y fijos. Muchos instrumentos han alcanzado enseguida una cierta estructura y luego no han cambiado mucho a lo largo de siglos. Tal vez sea por inercia cultural, tal vez porque, sencillamente, funcionan perfectamente y no necesitan cambios importantes. En los instrumentos de cuerdas un “carácter evolutivo” muy pero que muy variable es precisamente el número de las cuerdas, y un ejemplo reciente de “radiación adaptativa” es el bajo eléctrico. Su estándar de cuatro cuerdas, bien afianzado y sin duda satisfactorio en todos los géneros y estilos, a menudo se ve revolucionado por variaciones de todas formas y colores. Yo soy uno de los que siempre se ha encontrado en perfecto equilibrio con el bajo tradicional, y nunca he sentido necesidad de más cuerdas, agudas o graves, pero me encanta la experimentación, y esta evolución loca del bajo eléctrico me parece una experiencia genial, y una gran oportunidad. Aquí unos comentarios de Joaquín García, bajista, contrabajista, técnico de sonido excepcional, y exitoso mercante de bajos eléctricos en todo el mundo …

“Los bajos eléctricos con muchas cuerdas ponen muy nerviosos a los puristas del instrumento. No es mi caso. Ahora bien, considerar un instrumento tan joven como el bajo eléctrico (creado en 1951) como definitivo porque Leo Fender (quien era inventor, no músico) lo creara de 4 cuerdas, creo que es realmente exagerado. Por otro lado, somos animales de costumbres y animales sociales así que si nuestros ídolos usan 4 cuerdas (por ejemplo: Jaco Pastorius, Marcus Miller, Victor Wooten, etc.), es normal pensar “quién soy yo para usar una cuerda más”. Yo creo que el número de cuerdas es irrelevante; lo importante es lo que hagas con ellas. Mi favorito con un ERB (Extended Range Bass) es el francés Yves Carbonne, que hace una música increíble con un bajo de 12 cuerdas como con uno de 2 cuerdas que también usa. Desde que me he pasado al contrabajo lo tengo más claro: yo también estoy muy muy cómodo con mis 4 cuerdas, pero de hecho en las Orquestas Sinfónicas apenas hay contras de 4, siendo casi todos de 5 cuerdas.

Mi mejor contrabajo tiene casi 200 años y era originalmente de 3 cuerdas hasta que alguien hace unos 80 años lo convirtió a 4 cuerdas. En la evolución de la música y de los instrumentos el número de cuerdas es lo de menos, yo lo tengo claro. En cada momento se hacen con las cuerdas y afinación que se estiman necesarias para la música del momento (viola de gamba de 6-7 cuerdas afinadas como una guitarra que da paso al poderoso cello afinado por quintas y 4 cuerdas). Y hay muchos contrabajistas no orquestales que hacen maravillas con 5 cuerdas (a menudo con un Do agudo, no un Si grave). En cuanto a la continuidad física yo diría que el hábito y la costumbre tienden a fijarnos ciertas posiciones. Si siempre has tocado 4 cuerdas es lógico que te parezca que ese es tu ámbito y lo que de forma natural y casi física te va bien, pero creo que sólo es fruto del hábito. Si el bajo que hubieras tenido y aprendido a tocar fuera de 3 o 5 cuerdas, ese es el que te parecería más “normal” y lo convertirías en tu extensión física del cuerpo.

En realidad más cuerdas son más fáciles de tocar, con mucha diferencia, por una mera cuestión de economía de movimiento, ya que sin necesidad de mover la mano izquierda accedes a más notas. Y en el caso del bajo, una cuerda más grave realmente hace que sea más bajo, así que si hablamos de frecuencias graves, añadir notas más bajas es una opción realmente interesante. Los bajos de 6 cuerdas añaden una más grave (Si) y una más aguda (Do) que un bajo de 4 cuerdas, y es cierto que la tesitura aguda coincide en parte con el registro de la guitarra, pero de nuevo es una posibilidad interesante. Los bajos de 5 y 6 cuerdas empezaron a proliferar a finales de los años 70 cuando los potentes sintetizadores producían unos sonidos graves poderosos y además podían emitir notas más bajas que el Mi de la 4ª cuerda del bajo, llegando hasta un Do. Los bajos de 5 cuerdas permitían llegar hasta un Si, de modo que esa cuerda adicional permitió a los bajistas reconquistar su terreno natural en la banda. Una década después los sintetizadores que emulaban bajos o bass-synth desaparecieron, pero el registro ampliado del bajo ya se había adoptado de forma definitiva. Hoy conviven sin problema bajos de 4 y 5 cuerdas y en menor medida de 6 e incluso más cuerdas. De nuevo, se trata de lo que hagas con el instrumento, no de cuántas cuerdas tenga. Dicho de otro modo, el talento no tiene nada que ver con el número de cuerdas. Ojalá tuviera yo la décima parte de musicalidad tocando una sola cuerda que alguno de mis ídolos… ¡me cambiaba ahora mismo!”

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