Quena 1.0

octubre 30, 2010

Evidentemente antes o después tengo que introducir la quena. Más vale empezar ya. Y empieza por el otro lado de su mundo, o sea Europa. Montañas si, pero no andinas: encuentro la quena en los Pirineos, dentro de una pequeña iglesia que acogía las notas de tres bolivianos con sus cacharros. Hace poco mas de dos años, con un pasado de guitarras manchado por percusiones y didgeridoo, entré dentro de una iglesia y salí después de dos horas con una quena en la mano. Dudo que la fe del templo haya tenido un papel relevante en mi conversión, pero sí ha podido conmigo su acústica fenomenal que me hizo entrar aquel silbido dentro de cerebro, corazón, y huesos. ¡Gracias! a aquellos tres chicos, entonces, que nunca volví a encontrar, y que en lugar de un cd me entregaron la posibilidad de participar en su mundo de instrumentos, de tradiciones, y de emociones. Y después de dos años de estudio y unas cuantas quenas más, sigo pensando que aquella primera flauta es un instrumento particular, en su sonido como en su esencia y constitución, sencilla pero precisa, limpia, y elegante y sincera en su total falta de adornos. Lo sencillo empieza sencillamente. Una nota personal: un par de quenistas han intentado tocarla, pero nada, poco provecho y un pelín de frustración … En cambio aquella quena que me entregaron los bolivianos pirenaicos se lleva muy bien conmigo, tiene su carácter y te lo hace notar, pero ya llevamos unos años, me enseñó a soplar vientos, es el sabio del grupo. Lo sencillo empieza sencillamente y luego, sin embargo, se complica. Ahora hay que darle caña a la caña.

 

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Victor Hugo

octubre 25, 2010

Un niño se queda mirando a  los chavales del barrio jugando con una pelota de trapo. Mal día. La pelota le golpea la cara, y el niño, a sus cinco años, se queda ciego. Por un año y medio. Un año y medio de oscuridad para un niño así pequeño es mucho tiempo. A oscuras, por un año y medio, en su habitación, con un juguete que le regalan, uno de estos cacharros que le gustan a los niños porque hacen ruido, se sopla dentro y un conjunto de chapitas de metal producen un sonido que parece un grito: una armónica. Pues entonces el niño sopla, y grita con su armónica, dentro de su armónica. Después de año y medio recupera la vista, pero ya está, el niño ha aprendido a gritar con su armónica, a sacar lo que tiene dentro a través de la vibración de su juguete, sacarlo desde la oscuridad y gritarlo al mundo, y no piensa dejarlo, nunca más. Victor Hugo Díaz estrena su talento poco después, en la radio de Santiago del Estero, con solo nueve años de edad. El grande Hugo Díaz. La música folclórica argentina y suramericana, y luego el tango, y luego el jazz. El Sudamérica le entrega su dote cultural y artística, más tarde Europa le ofrece un camino para evolucionarla. El máximo nivel de expresión emocional en el tango, a través de una armónica, el instrumento príncipe del blues. El grande Hugo Díaz, el hombre de los Cuatro Vientos. Una vida increíble, y una muerte conforme a los cincuenta años, tocando su ultima curda. Aconsejo tranquilidad, desde luego cascos que permitan disfrutar de los detalles, y “nostalgias”, para escuchar como un hombre-niño puede llorar dentro de una armónica.

Musicofilia

octubre 21, 2010

No puedo no hablar de este libro, tengo necesariamente que contribuir a su difusión … Vivo de música y trabajo de neurociencias, así que no me queda otro remedio … Oliver Sacks siempre nos ha contado como y cuanto lo que creemos sea la realidad pueda depender de la estructura orgánica de nuestro cerebro, y lo ha hecho a través de historias, de vidas, de personas, y de sus entornos. Historias normales de vidas normales de personas normales, que un día se enfrentan a cambios de la realidad que le cambian la vida. Para finalmente descubrir que la realidad no cambia, pero sí cambia su percepción. Son las neuronas que juegan. Desde la normalidad a la patología o al revés desde la patología a la normalidad, siempre son “despertares”, pasando por muchos niveles intermedios que son en los que estamos todos sin darnos cuenta. Bueno, y ahora todo esto en un contexto especifico: la música. Como entra en nuestras cabezas, o como no sale una vez entrada … Increíble. Siempre a través de cuentos de vidas, con Musicofilia Sacks nos entrega la posibilidad de entender esto de otra forma, más completa, y por supuesto más sencilla. Ritmo, armonía, y melodía, son las tres componentes estructurales de la música, así como nuestro cerebro la ha forjado, a medida de si mismo, de sus posibilidades, y sobre todo de sus necesidades. Creo que en Musicofilia podemos encontrar unas de las claves de estas extraordinarias relaciones.

Azultango

octubre 15, 2010

Los primeros son negros, y viajan desde el sur del antiguo mundo hasta el norte del nuevo por la fuerza de la violencia. Los segundos son blancos, y viajan desde el norte del antiguo mundo hasta el sur del nuevo por la fuerza de la desesperación. Ambos se hubieran quedado en sus casas, ambos están obligados a dejarlas. Pues se llevan sus tradiciones, sus recuerdos, y por supuesto sus instrumentos. Los africanos que acaban en el norte cantan en chabolas la melancolía y la tristeza de no tener nada sino recuerdos y brazos para trabajar. Los europeos que acaban en el sur cantan en chabolas la melancolía y la tristeza del destierro y del olvido. Cuerdas al norte, fuelles al sur, y trabajo. El blues y el tango son dos extremos de un círculo. La misma palabra tango tiene su origen mas probable de las fiestas sureñas de los negros, y unas raíces candomberas rematan el eje común de emociones originarias. Y aunque con miles de kilómetros de distancia, en ambos casos música es fiesta, y el día de fiesta requiere la mejor corbata y un digno sombrero, sea en un campo de algodón, sea en un arrabal porteño. Y claro, cada moneda tiene dos caras. El tango siempre se tiñe de rojo, y el blues se moja de azul. Gardel se pinta los ojos para llegar adentro con su mirada, y Johnny Lee Hooker los esconde detrás de un muro de cristal negro para que no se le vea el alma.  El Misisipi se lleva cantos de trabajo, el Rio de la Plata se lleva cantos de amor. Pero la moneda es la misma, y sirve para pagar la dicha de estar triste.