Mil y una copas

junio 29, 2011

Después de una última copa, siempre hay otra. Benjamin Franklin, entre los relámpagos de una intensa vida política y científica, proyectó y construyó la copa infinita. Los elementos se disponen verticales en secuencia creciente de vibración, y un pedal le da la energía para que giren ellos en lugar de las manos. El resultado se llama armónica de cristal, y es un instrumento mágico. Su canto recuerda la hipnosis de la sirenas, sus frecuencias puras y sin solución de continuidad llenan el espacio de forma total, llegando hasta el corazón del cerebro. Y como las sirenas, su canto puede enloquecer. Con ésta cadena lógica (y un par de casos sospechosos) la armónica de cristal fue prohibida, por ser causa de desgaste psíquico. Pero la copa infinita no estaba embrujada, sino solo y sencillamente envenenada: plomo. El plomo del cristal, con la calma hipnotizadora del canto, entra a través de la piel, y mientras el canto resuena en el cuerpo, el plomo se queda en sus tejidos. Teoría más robusta de las sirenas, pero igualmente no demostrada, y suficiente a condenar a la armónica en sus almacenes históricos. Pero hasta entonces la armónica era instrumento “común”, tocada oficialmente en orquestas, por grandes compositores y hasta por reinas. Hoy en día es instrumento desconocido, de formas y canto mágico y fantástico, entre los recuerdos olvidados de intentos históricos fracasados y ciertas geometrías con olor a viejas películas de ciencia ficción. Pueden rumores entre ciencia y magia destinar al olvido un instrumento tan particular y tan increíble? Seguro la complejidad estructural de la armónica, las dificultades de gestión de tal cacharro, y porque no sus precios probablemente no muy populares, no habrán ayudado a su camino. Los instrumento evolucionan y se extinguen, como las especies vivientes. Ahí está el resultado: un invento increíble, antaño de éxito real, en un par de siglos se queda curiosa rareza y fascinante caso estudio para un post sobre evolución y extinción de los instrumentos musicales. Pero la evolución no se para: después de una copa, ya vendrá otra.

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