Flores del barro

agosto 17, 2012

Desde sus primeras rudimentarias sociedades el género humano ha descubierto enseguida la fórmula para garantizar provecho a unos pocos utilizando los recursos de unos muchos: religión para controlar a los de adentro, y ejercito para controlar a los de afuera. Los dos componentes mezclados en oportunas proporciones, dependiendo de los casos. Con diferentes matices y formas, éste binomio ha funcionado en los últimos miles de años, generalmente enmascarando detrás de una ideología unos crudos intereses personales con pocos escrúpulos. Y solo cuando una sociedad alcanza cierta estabilidad que garantiza a unos cuantos tiempo y comida, empieza entonces a invertir en “algo más”, como arte y ciencia. A menudo las clases sociales que pueden transformar recursos básicos en “cultura” son las que más aprovechan de aquellas garantías, siendo libres de aquellas necesidades tan crudas y directas que en cambio encadenan la vida de los que garantías no tienen. Arte y ciencia son el verdadero producto cultural de una sociedad, su expresión histórica y social. Pero en cuanto arte y ciencia proporcionan un alma y una conciencia a la gente, ésta enseguida se contrapone (y con toda la fuerza de la razón y de la justicia moral) a las doctrinas religiosas y bélicas que la han generado. No sé si una alternativa es posible, considerando los límites del comportamiento humano, pero éste circulo es interesante: religión y guerra proporcionan a unos pocos los privilegios de ir más allá de las necesidades brutas de la vida, y los que aprovechan de éste privilegio pronto llegan a entender las abominables caras de estos adoctrinamientos, rebelándose contra sus propias garantías institucionales. La música es un caso estudio bien completo en éste sentido: siempre presente para celebrar victorias y ritos en las sociedades más básicas, y luego para denunciar y condenar sus consecuencias en las sociedades más maduras. Evidentemente, dentro de la más que legítima estructura de la protesta, hay una peligrosa incoherencia que merece ser razonada, si se quiere pensar en un mundo donde arte y ciencia sean un fenómeno realmente social y colectivo, y no el débil resultado de un compromiso a menudo  inaceptable.

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