Boca a boca

abril 15, 2014

El flaustista de Hamelin (Antonio Lorente)La quena no tiene un pico, una embocadura estructurada para que el aire se canalice de una forma constante generando una vibración homogénea y coherente. Esta característica es parte fundamental de su alma, y de su condenación. La ausencia de una estructura fija en la embocadura, y la importancia que pueden tener algunos “factores anatómicos” (como la forma de los labios o de los músculos de la cara) esconden uno de los grandes secretos de la quena andina, y de los instrumentos que comparten esta análoga configuración, como el shakuhachi japonés. Quizás más que con otras flautas, el quenista se pasa la vida en un viaje sin fin, buscando “el sonido”. Es un viaje que tiene un componente progresivo (aunque sin duda no gradual) de conocimiento y control, donde cada nueva preciosa etapa de insatisfacción se logra con horas y horas de vuelo, llevando la mirada cada vez hasta cumbres más altas. Y bien se sabe que quien alto vuela, muy lejos cae. Y las caídas duelen. Pero también hay otro componente en este viaje de búsqueda e investigación acústica, un componente sin rumbo, peregrino, un camino de curvas y experimentos, de adelantos y vueltas atrás, un laberinto de gustos y de necesidades que cambian de forma repentina e imprevisible. El músico domina el instrumento, y el instrumento domina el músico, amor y odio, dependencia, simbiosis, mutua necesidad. La pareja se busca y se pelea, enfrentando sus anatomías, boca y embocadura, intentando comunicar juntos, y sentir juntos. Es como un beso, un beso que la quena, orgullosa y caprichosa, a veces devuelve, a veces, sencillamente, rechaza.