Treinta y cruz

junio 21, 2015

 

Jim Croce Jim Croce ha sido un cantante y guitarrista del folk norte-americano, cinco álbumes de éxito entre el 1966 y el 1973.  Una voz suave y muy personal, filtrada por dos majestuosos bigotes negros, una guitarra acústica con cuerdas empapadas de las combinaciones mágicas de aquellos años, mezcla de folclore, country, rock, y rhythm and blues, y canciones que cuentan con una espontaneidad entrañable historias sencillas sobre gente sencilla. Orígenes italianos (croce quiere decir cruz). En aquellos años hubo muchos folk-singers de este tipo, pero Jim Croce ha representado una síntesis muy particular de todo esto, con sus canciones y con su vida. Letras, ritmos, guitarras, melodías, es impresionante como una sola persona haya podido reunir a la vez todos los mejores componentes de aquellos tiempos y de aquella cultura. Y luego desaparecer. Esta historia no acaba como para muchos de los iconos de su época con una vida quemada al borde del extremo y una muerte escénica entre desgaste y gloria. No, el final llega con una gira densa de conciertos y una avioneta que se estrella contra un árbol al despegar, sin más, llevándose a Jim Croce y a todo su equipo. Un pecán, gigante vegetal del sudeste de Estados Unidos, gran productor de nueces que, por lo visto, era el único árbol presente cerca de la pista. Total, nada de vidas al limite y almas perdidas. Jim Croce, muy poco convencido del negocio musical, muy poco a gusto entre las luces de las grandes ciudades, decepcionado por las cutreces del mercado discográfico, más bien conformado con los elementos de su vida cotidiana. Y suma absoluta del folk, enseguida olvidada después del éxito y de su encuentro con el pecán. A pesar de la importancia que todavía se le reconoce, su nombre ocupa un rincón bastante abandonado, visitado casi solo en los recuerdos de los que vivieron aquellos años y aquellos ritmos, sin haber tenido (como en cambio han tenido muchos otros artistas asociados a un éxito rápido y puntual) la posibilidad de ser una referencia de nuestra memoria musical.

Jim Croce es entonces un ejemplo en dos sentidos. Primero, lo dicho, su música representa el alma total y redonda de una entera cultura. Es difícil encontrar una síntesis tan completa, tan limpia y suave, de un genero musical y de su momento histórico. Pero es también un ejemplo para entender algunas dinámicas que moldean nuestra memoria según cánones estructurados por leyes de mercado y dinámicas sociales. ¿Como es posible que una persona con estas cualidades y con esta fama, a pesar de ser increíblemente representativo de su expresión cultural en un determinado momento, no llegue a entrar en el patrimonio común de las generaciones siguientes? ¿Que mecanismos deciden quien pasa y quien no pasa, a corto y a largo plazo, la memoria de la historia?

En el caso de Jim Croce hay quizás por lo menos dos factores. Primero, una forma de vida sincera y sencilla, y una muerte poco llamativa. Es decir, poca cosa para una película de extremos y desgarros. Segundo, una actitud muy poco útil para promover el modelo “luces y estrellas del sueño americano”. Cuando intentaron llevárselo a Nueva York para que hiciese parte aquel espejismo social y comercial y de sus escenarios, se encontró bastante desafinado con el entorno, se marchó pronto a sus tierras y a sus trabajos, y grabó la canción “New York is not my home“. En fin, un gran ejemplo de artista, pero a lo mejor una difícil inversión para el marketing comercial e ideológico. Días después de su muerte su mujer, Ingrid, recibió una carta suya enviada poco antes del encuentro con el pecán. Esto de las giras no le gustaba, quería cambiar rumbo por algo que no le llevase lejos de su familia. Y terminaba diciendo: recuérdate, cuentan los primeros sesenta años, y a mi me faltan todavía treinta.

Quena 2.0

junio 2, 2015

QuenadospuntoceroHe tenido que esperar siete años para poder decidirme a escribir este post. Siete años de quena. En la antigüedad ha habido, desde siempre, un antagonismo cultural (y a veces una competición conflictiva) entre cuerdas y vientos, kithára y aulós, a menudo asociados los unos a un contexto más noble y oficial, los otros a un contexto más popular y menos ilustre. Siete años de un cierto conflicto personal entre mis guitarras y mis flautas, una esquizofrenia manchada por un cierto sentido de traición, hacia ambos. Y las flautas representadas, encima, por un instrumento increíblemente difícil, caprichoso, indómito, rebelde, vanidoso: la quena. Una relación difícil, adultera, impredecible. Siete años intentando comprender a los vientos, intentando hablar con ellos. La quena, el bansuri, el shakuhachi, la flauta nativa, la ocarina. Un equipo increíble. Han pasado siete años desde mi encuentro con la quena, y nuestra relación parece haber alcanzado un nuevo nivel de integración. Un nivel diferente, aparentemente estable. La relación con la quena, a diferencia de otros instrumentos, no es lineal, no es gradual, sino más bien caracterizada por largos periodos de frustrante estancamiento (o hasta momentáneos retrocesos), y luego saltos inesperados, a veces inexplicados, relativamente rápidos, y discretos. Han sido años de estudio, de búsqueda, de entrenamiento técnico, de intentos, de razonamientos y de experimentos, pero al final las cosas cambian cuando el cuerpo alcanza una organización suya, interna, que pasa de reglas y de lógica, y se asienta según criterios que aparentemente no tienen nada que ver con todas aquellas reflexiones anatómicas sobre posiciones, posturas, labios y respiración. Un nivel “dos punto cero” se alcanza cuando sientes que tu cuerpo se integra con el instrumento. Cuando el sonido sale espontaneo, dejándote libre de disfrutar y explorar, en el tiempo y en el espacio, el conjunto y sus detalles. Cuando ya no te estás preocupando de las notas, y ya no te espanta que pueda haber una nota peligrosa escondida entre los compases.  Cuando las manos se mueven con naturaleza, sin tensiones ni cansancio, y sin la mirada atenta de los ojos, que pueden reposar cerrándose y abandonándose a los matices del sonido. Cuando los dedos sienten y disfrutan la vibración del instrumento, vibrando junto con él. Cuando, sin darte cuenta, descubres que tienes un estilo tuyo, propio, que se ha forjado en el tiempo sin que te hayas enterado. Cuando tocas como te hubiera gustado, como estabas esperando, y todos los logros futuros serán agradecidos y maravillosos avances adicionales. Cuando ya no tienes prisa, porque estás disfrutando del camino, sin pensar en la meta. Porque ya no hay meta, sino solo el placer de compartir tu camino con el instrumento, descubriendo juntos nuevos paisajes. Adelante.