A media luz

febrero 21, 2016

A media luz (EBruner)

La milonga es un género de baile primo del tango, que con el tango comparte historia, estructura, y entorno. Pero también se le llama milonga a la noche tanguera, y hasta al lugar físico donde se celebra la velada. El tango es un mundo algo particular, por su historia, sus raíces, sus emociones, su forma de expresar sentimientos y relaciones, y por la intensidad con la que llega hasta las cuerdas más íntimas de nuestro cuerpo y de nuestra memoria. Es un baile, pero también un género musical muy caracterizado, y además es una cultura, una perspectiva, quizás un estilo de vida. Todo esto no necesariamente se mezcla, y al revés estas facetas a veces pueden quedar hasta aisladas la una de la otra. Pero el tango es todo esto, y algo más. No es de extrañar entonces que la milonga, el lugar sin tiempo y sin espacio que permite entrar en este mundo atrapado en una frontera entre íntimo y social, sea un lugar con reglas y dinámicas peculiares, por lo menos diferentes. Quien se acerca por primera vez a una milonga no conoce éstas dinámicas, no percibe la estructura, no comprende las respuestas, y puede interpretar situaciones y sensaciones a través de cánones que no funcionan muy bien para aquel contexto.

Como en muchos encuentros de baile, la luz en la pista es baja, y un poco más, porque el tango es muy íntimo, se agradece sentir con el cuerpo, dejando descansar a los ojos. Si se baila en un bar el ambiente puede ser más heterogéneo, pero si se baila en un salón las personas están sentadas a su alrededor, y la proximidad física se limita a los vecinos de al lado. Se habla poco, para no herir aquella melancolía suave que satura el espacio acústico, creando una burbuja sentimental que desata en el cerebro cascadas de endorfinas adictivas y placenteras. Aunque muy frecuentemente cierto machismo provinciano, masculino como femenino, impone que el varón arrastre la mujer al baile decidiendo quien baila y quien no, en el tango verdadero la invitación entre bailarines es un sutil juego de miradas cómplices y reservadas (cabecéo), donde la mano tendida del caballero solo es un gesto cortés y final de un compromiso que ha sido previamente alcanzado con una reciproca danza de los ojos. La adición al baile, psicológica cómo bioquímica, añade a menudo cierto afán para una consumición frenética de los tangos, donde cada tanda sentada suena a muchos como una ocasión perdida, y cada tanda malgastada puede sentar como un peaje irritante e injusto. Con objetivos muy pero muy diferentes, pero todos van a lo que van, es decir, al baile. Añadimos también que el ambiente del tango es intenso y generalmente circunscrito, con lo cual todos se conocen, o casi. Sobre todo en los casos más locales, la estructura social escondida bajo de la media luz suele estar muy bien caracterizada, con cables y nudos atados en años de relaciones personales, las buenas y las malas, las nobles y las que no lo son. Todo ello, visto con ojos ajenos que no están acostumbrados a aquella media luz, suena difícil de comprender, todavía más difícil de vivir. La contaminación entre íntimo y social se percibe como un conflicto donde éstas dos componentes chocan y se pelean, el ambiente huele a secta, y la puerta hacia este universo paralelo se ve como un callejón sin salida. Desconociendo las reglas del juego, se puede interpretar todo esto como una barrera, las miradas como una amenaza o como un rechazo, el ritual de un círculo cerrado donde no se agradecen ojos ajenos, y donde expectaciones e inquietudes no invitadas se reciben con el silencio de los cuerpos que bailan sin más.

Nada más lejos de la realidad. Las milongas siempre son ávidas de nuevas almas, siempre. Se puede decir que es su fuente de energía primaria, y todos lo saben. Todos, en una milonga, están a la espera de una nueva cara que cruce la entrada del salón. Para los que van al tango, cada nueva llegada es la oportunidad de una nueva pareja de baile, un nuevo instrumento para la orquesta, con sus particularidades, sus diferentes características, la ocasión de emociones distintas y de nuevos viajes en el mundo íntimo y melancólico del dos por cuatro. Para los que van al negocio, cada bienvenida es una nueva presa, oportunidad de tajada y de venta al detalle, cada dos piernas un potencial cliente. Para los que van al social, cada foráneo puede ser un nuevo amigo o hasta una futura pareja, otro miembro de la tribu, cachorro para la manada, o refuerzo para el rebaño, en función de cómo se vive la estructura social del entorno milonguero, desde los aprovechados individualistas hasta los misioneros comunitarios. Sea como sea, según objetivos muy pero muy diferentes, la milonga siempre es una criatura a la espera de sangre nueva. Hay solo que acostumbrar los ojos a la media luz, disfrutar del juego, y dejar al cuerpo la posibilidad de sentir y decidir cómo y cuanto vivir esta historia envolvente y melancólica, que se llama tango.

7 comentarios to “A media luz”

  1. martin Says:

    Muy Bueno Emi, sobre todo …la parte donde hablas del deseo de la llegada de alguien nuevo a la milonga…
    abrazo

  2. Emiliano Bruner Says:

    Turco, siempre un orgullo tenerte entre los lectores de este blog! Todas las asociaciones de tango siempre tienen el mismo problema … y en general no lo resuelven! Con lo cual tiene que haber en el tango o, más bien, en las relaciones milongueras, algo que genera una barrera. En esta entrada yo apuesto para “el ambiente” que generan los códigos de una milonga, un ambiente que puede echar para atrás si uno no lo sabe leer. Pero está claro que puede haber más factores …

    A lo mejor el tango selecciona un cierto tipo de personas a los que no se les dan bien las relaciones, y esto se nota cuando alguien se acerca desde afuera. También suele ser un contexto a menudo muy conservador a nivel de expresión social, cultural y musical, y esto tampoco ayuda. En fin, muchas asociaciones de tango se quejan continuamente de una falta de “aire nuevo” en sus filas, pero yo raramente he visto a alguien hacer algo para cambiar este rumbo …

    • Tamy Says:

      Solamente en una ocasión he ido a una clase de tango (mi primera y única por ahora) y a una milonga. Fue visitando a una amiga mía en San Francisco (USA). Ella tenía su clase de tango, como todas las semanas, y su milonga y me convenció para que la acompañase. Así que recibí mi primera clase de tango. Después nos quedamos a la milonga. Todos los que iban llegando se conocían, menos yo, que era la “extraña”. Visto desde fuera sí tiene un cierto aire sectario, cada uno tiene su rol y todos saben lo que tienen que hacer, menos tú. Estando allí sentada en una de las mesas, sólo pensaba: “que nadie me saque a bailar, por favor, que nadie me saque”. Desde luego, que no conocía el juego de las miradas… Llegó un matrimonio argentino, de unos setenta y algo años, impecables los dos en su atuendo de tango. Como yo era española, me los presentaron y estuvimos charlando. Después el señor me sacó a bailar. Mi primera sensación fue de vergüenza absoluta por no tener ni idea de bailar tango, cuando todos los demás sabían. Después de ignorancia, pues al principio me empeñaba en hablar, disculpándome por mi torpeza, hasta que me di cuenta de que no hay que hablar. Pero al final conseguí relajarme y dejarme llevar por ese señor que llevaba bailando tango toda su vida. Conseguí hacer algunos pasos y giros decentemente. Y disfruté. Aun así, me da la impresión de que hacen falta bastantes clases de tango hasta que uno pueda integrarse fácilmente en una milonga…. y es una lástima, porque creo que merece la pena.


      • He bailado en San Francisco, hay situaciones muy interesantes … Había una milonga donde se alternaba una tanda tradicional y una “experimental” (tango nuevo, electrónico, o algo totalmente diferente pero bailable o interpretable como tango) a lo largo de horas …

        Lo de sentirse ajeno en un ambiente nuevo ocurre casi siempre, no solo en el tango. A lo mejor la “media luz” de la milonga solo amplifica esta sensación … el vestuario cuidado, las pocas palabras, las miradas … en cualquier contexto nuevo te sientes un poco intruso, solo que con todo esto entorno … mucho más! Es importante entender que solo es una sensación porque, al revés … te estaban esperando! Y, además, el tener que explorar día a día un poco de aquel mundo no tiene que interpretarse como una falta, sino como una oportunidad, una ocasión de descubrir códigos diferentes.

        Tienes razón, en el tango hace falta tiempo y compromiso antes de poder controlar la dinámica del baile, pero no olvidemos algo importante: si hay conexión y entrega, puedes disfrutar a cualquier nivel. Y mucho.

      • Tamy Says:

        Quizás aquel episodio acabe siendo el primer capítulo de una bonita historia que, más que en afición, termine en pasión, como os ocurre a vosotros.

  3. Juan Carlos Says:

    Desde mi modesto punto de vista de novato he de confesar que la primera vez que me acerqué a una milonga sentí cierto “temor” aunque quizá fuera un exceso de timidez al no saber exactamente con lo que me iba a encontrar. Había dado cuatro clases contadas y sentí curiosidad por saber lo que me esperaba cuando pasase de “gatear” a “caminar”.
    Es cierto, el ambiente impone. El salón de baile, la media luz, el casi silencio, la concentración de los bailarines… pero creo que quien se involucra con el tango tiene que tener claro donde se mete. No se trata de un baile más y no sólo por todos los protocolos que conlleva una milonga como bien ha descrito Emi sino, sobre todo, por ese sentimiento y esa pasión tan especiales que lo hacen único. Reconozco que me pasé de “valiente” en aquella milonga (no bailé ni un solo tango!!!) pero solamente traspasar el muro y contemplar el espectáculo mereció muy mucho la pena.
    Desde aquí animo a tod@s aquell@s novat@s como yo a que den ese primer paso. Seguro que no se arrepienten…

  4. Emiliano Bruner Says:

    Es cierto, Juan Carlos tiene toda la razón: quien se involucra en el tango sabe a lo que va … y lo sabe porque lo siente … Puedes tener cierta dificultad porque también sientes no conocer la situación, pero nada más escuchar la música y ver a las parejas envolviéndose en sus notas y te entra una descarga de emoción que es totalmente suficiente a aclararte el porque te has metido en aquella sala! Y así empieza …


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