Siempre me he preguntado cómo es posible que un músico deje de tocar su instrumento. ¿Qué puede causar esta separación? Años de alegrías y de decepciones, de compromisos y de emociones, de esfuerzos y de sorpresas, de éxitos y de fracasos, de preguntas y de respuestas, descubriendo cada día un nuevo paso de un largo camino. Y luego, a veces de repente, el camino se acaba. Desde luego la vida promedio de muchos instrumentos es mucho más larga de la vida promedio de los músicos, con lo cual es evidente que, antes o después, la separación es inevitable. Ara Malikian hacía notar que, considerando que la edad de un violín a veces se mide en siglos, el instrumento que toca no es “su violín”, sino que es él, Ara, el momentáneo violinista del instrumento (“Y quedarás en manos de otro amante, dándole el tiempo, tu suspiro y tu arte, y mi consuelo es que en el día que me muera, tejido en tus cuerdas habrá trazos de mi piel” – Balada para un Violín). Pero bueno, esta es ley de vida (y de muerte), y yo me refería más bien a una separación tradicional, por decisión propia, aquellas separaciones que marcan el fin de una época, y el principio de otra diferente. La relación entre un músico y su instrumento es íntima, no solamente por el recorrido compartido, sino porque a menudo han crecido juntos a lo largo de mucho tiempo, moldeándose el uno con el otro. Así que por un lado está la intimidad de una historia común, el sentimiento y el cariño de todas las parejas, pero al mismo tiempo está también la intimidad de cierta relación mental y psicológica, una dependencia reciproca que debería de ser difícil de romper. El instrumento es extensión del músico, parte de su cuerpo. El músico siente este instrumento como parte de sí mismo, y de hecho “piensa” con él. Es la conexión de los cyborgs, seres hechos a la vez de materia orgánica y de tecnología. Y también a nivel bioquímico, aunque no está demostrada una verdadera “drogadicción”, es bastante normal que el músico no consiga estar mucho tiempo sin tocar su instrumento, y sufre, si no puede gozar y calmarse con el chute de opioides endógenos (las endorfinas) que su cerebro se auto-inyecta cuando se crea el contacto cuerpo-instrumento. El cyborg se nutre y se embriaga de su misma vibración, la vibración que solo como criatura quimérica puede emitir. La analogía con el ser trans-humano puede parecer extrema, pero quizás no lo sea tanto. Y algo pasa, cuando esta relación se acaba. En algunos casos a lo mejor no era una relación muy fuerte, no era verdaderamente íntima, y era solo una relación de interés, por ejemplo económico o social. Se acaba el negocio, se acaba la relación. En otros casos quizás ha surgido un conflicto, como a menudo ocurre cuando una relación es tan fuerte que ata y vincula y ahoga, hasta que alguien encuentra la fuerza de ponerle fin con una separación dolorosa. Y finalmente habrá casos en los que, sencillamente, el camino se ha acabado, y se llega al fin de la senda. Como cantaba Atahualpa Yupanqui, nuestras inquietudes nos llevan a buscar horizontes, más que metas. Si llegamos a una meta, acaba el recorrido, acaba la exploración, acaba el descubrimiento. Y ya no hay por donde andar. A veces la meta es una cumbre, a veces solo es un tope. A veces ahí encontramos lo que estábamos esperando, raramente encontramos mucho más, generalmente encontramos mucho menos. Sea como sea, si se acaba el camino, se acaba una historia. Prudente y sabio es ser capaz de reconocerlo, aunque esto, no cabe duda, no alivie el pesar.

Cuenta el hombre enamorao sus tristezas a la luna
sin saber que es gran fortuna sufrir por una mujer
y que no hay peor padecer que no sufrir por ninguna”

(Si sabís templar las cuerdas – Cueca)

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Stairway to Japan

enero 10, 2018

Koto y Shakuhachi … increíble …