Tiempo al tiempo

marzo 6, 2019

Contar y calcular representan unas de las claves cognitivas de nuestra especie y, como es de esperar, una cantidad inmensa de estudios en neurociencia y en antropología se han dedicados a nuestras capacidades numéricas. Entre las muchas características de interés de nuestras habilidades a la hora de manejar números está la subitización (la capacidad de reconocer a primera vista pequeñas cantidades sin tener que contarlas), la apreciación de la magnitud (la capacidad de estimar y comparar de forma aproximada grandes cantidades) y la ordinalidad (la capacidad de ordenar una secuencia de cantidades). La subitización es importante a nivel evolutivo porque se supone que pueda ser un precursor del saber contar. En general podemos reconocer, sin tener que contar, grupos de un máximo de cinco elementos, mucho mejor si son de cuatro o de tres. Cinco es nuestro número básico y tiene sus profundas raíces en nuestra anatomía, porque nuestra principal interfaz con el mundo es la mano, y la mano tiene cinco dedos. No acaso, muchos sistemas métricos son múltiplos de diez, porque tenemos dos manos de cinco dedos cada una. Es decir, hasta diez contamos con el cuerpo, utilizando el cuerpo como ábaco. De todas formas, lo dicho, si es menos de cinco no es necesario contar, sobre todo si hablamos de grupos de dos, tres, y cuatro elementos. A lo mejor no es casualidad que los demás géneros musicales tengan ritmos en dos, tres, o cuatro tiempos, y luego sus múltiplos. Cuando hay dos, tres o cuatro tiempos, el cuerpo tiene la cuenta sin necesidad de contar. Y nos asombramos cuando luego escuchamos aquellos ritmos folclóricos y temas musicales que se mueven con una base por ejemplo de siete, once o trece tiempos. Es posible que cuerpos y cerebros bien entrenados puedan pasar de los vínculos innatos de nuestra mente, explorando bloques numéricos tan largos y «subitizando» un número tan elevado de acentos. Pero la verdad es que suele haber un atajo: dividir los tiempos largos e irregulares en bloques cortos y formados por cantidades más afines a nuestros estándares neurológicos y anatómicos. Así que por ejemplo un tiempo en cinco se puede pensar como hecho de dos partes, una de tres y una de dos. Un tiempo en siete se puede sentir como formado por tres partes, una de tres y dos de dos, o por dos partes, una de cuatro y una de tres. El cuerpo busca y encuentra su medida, se incorpora en la estructura musical, y goza de cada compás regulando y enmarcando la cadencia de los acentos dentro de sus esquemas naturales. Y, descomponiendo ritmos en unidades siempre más pequeñas, al final se llega a la unidad. Porque para que la magia de la música fluya hasta las entrañas, haciendo vibrar músculos y huesos e integrando mente y alma en una única emoción, hay que reducir todos aquellos movimientos al ritmo más regular que el cuerpo conoce: el latido del corazón. Con sus tiempos y contratiempos es un ritmo curioso porque es unitario pero nunca se repite, y marca el ritmo de la obra más larga que llegaremos nunca a escuchar, una balada, a veces terrible a veces gloriosa, que tendrá una sola ejecución, y que es la sinfonía de nuestra propia vida.