Bio

Empieza, como siempre, con la guitarra. Y sigue con la guitarra, la clásica, siempre la clásica, “española” como se la llama en zona ibérica, nylon puro y duro, muy poca simpatía para el metal, por lo menos para mis dedos y para mis notas. Y sin más llegamos enseguida al folk, al rock, y por supuesto, al blues. Luego el bajo, éste si eléctrico, y el rock progresivo, años de pequeños escenarios y mucho bajo eléctrico. Y el blues, también. Pero tarde o temprano el bajo lleva siempre al funky, y al jazz, y a una escuela de música, donde se aprende a apreciar el blues. Pausa. Un poco de piano, justo para mezclar sonoridades melódicas con un poco de blues. Y luego la música étnica. Empieza, con la madera del didgeridoo australiano, sigue con la madera de las percusiones, y llega con la madera de las flautas étnicas. Llegan las quenas, desde el Suramérica, y el bansuri, desde la India. Y llegan los ritmos y las melodías de los Andes, los boleros, los ritmos latinos, la bossanova que encuentra la guitarra (no olvidamos que siempre ha quedado ahí). Y por supuesto, no hace falta rematar que con una quena andina lo mejor que se puede tocar es el blues.

Y luego el tango. Melancolía, “la dicha de estar triste”, pero también la alegría de la milonga. Esperemos que el vals evolucione un poco más. El tango, confusa e inestablemente desde mayor a menor, bandoneones, pero también guitarras, y flautas, al tiempo de ganchos y sacadas. Y aquí estamos, perdidos entre la pentatónica por un lado, y el dos por cuatro en el otro, manos y piernas, mezclando y buscando, y descubriendo …

Y así seguimos andando curtidos de soledad, nos perdemos por el mundo, nos volvemos a encontrar. Y así nos reconocemos por el lejano mirar, por las coplas que mordemos, semillas de inmensidad.

(Atahualpa Yupanqui – Los Hermanos)

Y andando, siempre se lleva una quena y un par de zapatos, cada uno en su funda, por si acaso …

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