El camino de Santiago

abril 6, 2017

Es frecuente oír a alguien minusvalorar algunas de sus capacidades (por ejemplo la capacidad de tocar un cierto instrumento), y a la vez afirmar no haber nunca intentado practicarlas. A bote pronto suena raro: ¿cómo es posible pensar de tener una habilidad sin haberla entrenada previamente? Pero en general no se hace notar la contradicción, por que se da por hecho que las habilidades no son el resultado del empeño y del compromiso, sino de un don divino. Bueno, de vez en cuando nos podemos topar con un enfant prodige, que a los siete años ha compuesto una sinfonía, desmontado un famoso teorema matemático, y ganado al ajedrez a diez campeones rusos (música, números, y lógica … la triada de los cerebros aventajados!). Desde luego existen algunos casos llamativos, aunque a menudo se acompañan con una situación cognitiva muy particular, que suele venir con efectos secundarios y otros tipos de dificultades. Pero la condición de “casos particulares” denota su característica principal: son particulares. ¿Qué pasa con todos los otros? ¿Que pasa con los que a los siete años solo jugábamos con soldaditos y muñequitas, frecuentábamos barracas y tiovivos, y nos lo pasábamos bomba construyendo castillos de arena y jugando a las canicas? Pues tenemos tres posibilidades, tres alternativas, que podemos valorar. Opción numero uno: existe efectivamente una capacidad intrínseca, que viene con el programa de fábrica, alguien la tiene y alguien no. Todos dan por hecho que sea este el caso más probable, aunque curiosamente no hay ninguna evidencia científica de que sea cierto. El “don” se ha buscado (y mucho) en células y genes, y nunca se ha encontrado. Si existe, está muy bien escondido. Además si es que existe cierta predisposición congénita, sería solo para una o algunas de las muchas capacidades que se necesitan para destacar en un campo, con lo cual dentro de un mismo objetivo (por ejemplo tocar un instrumento musical) uno podría tener algunas ventajas pero también algunas desventajas a la hora de considerar todas las diferentes habilidades y tareas muy especificas que requiere cualquier comportamiento complejo. Total, no hay evidencia conocida del “don”, y no hay razón para pensar que pueda haber un don único que lo comprende todo. Opción numero dos: existen habilidades individuales, pero en realidad no vienen con el programa. Son el resultado de un pasado, de un historial, aunque no siempre aparente, que relaciona capacidades y recorrido de vida. Por ejemplo, quizás dos personas presentan una capacidad muy diferente para aprender a tocar un instrumento, pero si indagamos descubrimos que el que tiene más actitud en realidad lleva escuchando música muchas horas cada día desde muchos años, entrenando constantemente su sentido musical desde hace tiempo, y el que no da un palo al agua nunca ha ido más allá del tono de su móvil. Opción numero tres: no existe ninguna habilidad personal ni ningún secreto, excepto el compromiso y el empeño en la práctica y en el estudio. Es decir, todo se alcanza (o se podría alcanzar) gracias al método, a la práctica, y a un cierto esfuerzo bien medido.

Por el momento no hay evidencia para descartar ninguna de estas tres opciones, y quien piensa tener respuestas que sepa que se trata de una corazonada, porque hasta la fecha no hemos descubierto en que medida nuestras habilidades vienen con el paquete y en que medida se adquieren por el camino. Los que tocamos instrumentos sabemos que es verdad que hay “diferencias” en la capacidad de acercarse a la música, y que el resultado depende de ambos componentes: el músico y el instrumento.  Hay músicos que van muy rápidos y muy sueltos en su aprendizaje, y otros que necesitan mucho más tiempo y alcanzan logros más modestos. Y hay instrumentos que presentan una curva de aprendizaje más proporcional al tiempo dedicado a la práctica, mientras que otros tienen componentes más específicos y enigmáticos, con lo cual los avances siguen saltos y quiebras en función de desconocidos factores individuales. Más allá de las capacidades cognitivas, habrá además rasgos físicos (anatómicos o fisiológicos) que pueden facilitar o entorpecer la relación con el instrumento (el caso más patente y directo: el canto y la voz). Al mismo tiempo es imposible denegar el papel del entrenamiento: si dos personas con diferentes habilidades estudian horas y horas cada día, aquel con “más capacidad” después de unos cuantos años será un instrumentista buenísimo, y el otro solamente será … muy bueno!

Se dice que en una conferencia de Santiago Ramón y Cajal alguien le alagó de “genio”. Don Santiago se puso muy bravo, tomándosela como una ofensa sería a su trabajo y a su compromiso: llevaba décadas entregándose todo el día a sus estudios, renunciando a su vida social y familiar, dedicándose integralmente a la ciencia, y apañándose con métodos caseros para solventar la falta de recursos y de apoyo por parte de las instituciones. Si había llegado a ser Santiago Ramón y Cajal y a ganar un premio Nobel, afirmar que lo había logrado por la suerte de un don divino quería decir no reconocerle la labor y el compromiso de toda una vida. No sabemos si existe el don, así que es inútil agarrarse a su posible existencia para explicar nuestras elecciones y nuestras prioridades. Pero no hay alguna duda sobre la importancia del entrenamiento y de la dedicación. A veces, el único don solo es la gana de conseguirlo. Y el placer de disfrutar del camino para lograrlo.

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… que todo hombre puede ser, si se lo propone,
escultor de su propio cerebro
Santiago Ramón y Cajal
Reglas y Consejos Sobre Investigación Científica, 1898

Vidala para un buey

marzo 9, 2017

La música y el canto suelen tener raíces en las emociones, en los rituales, en la estructura social, algo tan fundamental como etéreo, inexplicable, una conexión entre lo que hay dentro y lo que está fuera, entre uno y muchos, entre uno y si mismo, algo tan íntimo que no necesita razones más que las de su misma existencia. La música, es decir, no suele asociarse a un objetivo especifico y puntual, y su mismo hechizo es su porque, con todas sus consecuencias y su necesidad. Cuando se piensa en posibles “aplicaciones” de la música como máximo se puede llegar a su papel en el entretenimiento, un mercado a veces noble a veces pobre, que solo desplaza el sujeto del encanto, pero no el fin: quien toca para si mismo, quien para los demás, y quien para los que pagan, pero las musas siempre están al servicio de Orfeo, y de sus sortilegios sonoros. Pero hay por lo menos un caso en el que los humanos no son el objetivo del encanto, y la música adquiere un insólito papel (por así decirlo) aplicado, pragmático, con un fin preciso y hasta productivo: los cantos de vaquería, los cantos vaqueros. En Venezuela, en Colombia, y quien sabe en cuantos más países y más diferentes culturas, a la vaca se le canta su nana, su poema, su oda. Los cantos de ordeño tranquilizan el ganado y aumentan la producción lechera. Los cantos de arreo, o de cabestreros, consiguen guiar los rebaños ordenados y mansos a lo largo de sus sendas. Los cantos de la vela los acompañan hacia la noche del llano.

El paisaje sonoro del canto vaquero se integra en el respiro del monte y del campo, conexión entre el pastor y sus cortesanos. Cada canto tiene el nombre de una yegua o de un novillo, y cada nombre tiene una historia que se cuenta y que se canta. La identidad de cada animal y la empatía de su cantor recuerdan Temple Grandin, la autista que patentó granjas cercanas a sus cuadrúpedos, donde arquitectura y sentidos tranquilizan al prisionero bovino hasta en sus últimos momentos. En el caso de los cantos vaqueros el abrazo arrullador no es visual ni físico, sino acústico. Las vacas europeas también, quizás por ser ya acostumbradas a la pampa y a sus encantos sonoros tras años de intercambio zootécnico, aumentan su producción lechera con la música, aunque necesitan, quizás por el legado nórdico, la Sexta Sinfonía de Beethoven (no acaso conocida como “La Pastoral”!).

Los cantos de ordeño y arreo son cantos de trabajo, acompañan al campesino y al buey, arte y necesidad, tradición y empatía, humanos y ungulados, la voz del llano. La música tiene muchas raíces, y probablemente muchos orígenes. Entre rito y símbolo, lenguaje y expresión, no podemos descartar que quizás, en algún caso, todo empezó de forma más sencilla, en el atardecer de un vivac, con una charla entre un pastor y su rebaño.

 

Música y cerebro

febrero 15, 2017

Una tertulia nocturna sobre música y cerebro, organizada por Rubén Casado con Antoni Bulbena para el podcast y vídeoblog  “La Teoría de la Mente” …

https://www.ivoox.com/13320765

 

Tsimane

julio 31, 2016

Tsimane_2016

La etología humana, que estudia las bases del comportamiento natural en las poblaciones de nuestra especie, está particularmente interesada en los comportamientos “universales”. Un comportamiento es universal cuando lo encuentras en cualquiera población, de diferentes culturas o en diferentes áreas geográficas. Si un comportamiento no depende de la cultura de un pueblo, quiere decir que es algo que tiene sus raíces directamente en nuestra intima naturaleza y, por ende, probablemente es el fruto de un largo proceso de evolución y selección. La música es un factor común a todas las poblaciones y a todas las sociedades humanas, y los antropólogos siempre se han preguntado en que medida sus patrones y sus esquemas puedan ser el fruto de la exposición a ciertas influencias culturales, o si en cambio se desarrollan por reglas que están escritas directamente en nuestras neuronas y en nuestras capacidades biológicas y evolutivas. Este mes se ha publicado un estudio sobre la percepción de intervalos musicales consonantes y disonantes en una población amazónica boliviana que no ha tenido ninguna influencia de la música occidental, los Tsimane (Chimane). Hay dos resultados principales. Primero, los Tsimane no tienen los mismos gustos musicales de las poblaciones occidentales o de las poblaciones bolivianas con influencias occidentales. El estudio ofrece una panorámica muy interesante sobre el tipo de acordes e intervalos que nos agradan y los que no, y desde luego a los Tsimane todo esto ni les va ni les viene. Es que (y aquí va el segundo punto) a los Tsimane les da igual. Consonante o disonante, no es que tengan otras preferencias, es que no las tienen. Les suena todo igual, ni bueno ni malo. Y aquí hay un tema cultural: la música tradicional Tsimane no tiene acordes (armonía), y solo se basa en sucesiones de notas (melodía). Desde luego esto no elimina la importancia de la biología en nuestras percepciones y en nuestros gustos musicales. Es probable que la biología (y los procesos evolutivos) de hecho moldeen nuestras capacidades y orienten nuestras elecciones hacia algunos patrones armónicos, rítmicos, y melódicos, en función de esquemas que juegan con la fisiología de nuestros sentidos, con los códigos de nuestras neuronas y con la matemática de las ondas sonoras. Pero las flautas Tsimane nos confirman un papel importante del entrenamiento sensorial y de la cultura: no somos programas cerrados, no somos seres aislados, somos y pensamos y sentimos como parte de nuestro ambiente, somos el resultado de una integración entre nuestra larga historia evolutiva y nuestra breve pero intensa historia personal.

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Aquí el articulo original, un comentario en inglés en la revista Nature, y un comentario en español en Investigación y Ciencia. Y aquí el articulo del año pasado sobre música y ciencia.