Caronte

septiembre 10, 2019

El tango es un sentimiento, una cultura, una forma de sentir, una forma de vivir. Sin embargo, el mundillo del tango no tiene necesariamente que ver con todo aquello, y es sobre todo un fenómeno estricta y rotundamente social. Mientras que algunos buscan el tango, muchos buscan una tribu. Aunque las dos cosas se pueden mezclar e integrar mutuamente, en general el aspecto social prima con creces, así como sus dinámicas, sus expectativas y sus vínculos. Una milonga es un corral repleto de jerarquías atávicas, un patio tendido de cientos de hilos sociales que sujetan y tensan las personas y el aire que circula entre ellas, un tablero de ajedrez con reinas y peones, una olla cargada con emociones y esperanzas. Es normal que por un lado se generen dinámicas tribales, y que al mismo tiempo alguien intente sacar provecho de ellas. Organizadores de eventos, bailarines, mercantes navegados o personajes de improvisada experiencia, el que puede sacar tajada lo hace, o por lo menos lo intenta. En este Gran Hermano hecho de redes sociales, de likes y de poses, una figura que destaca por su papel y su posición es el musicalizador, el que pincha, el que pone la música o, usando una etiqueta más sexy, el Tango-DJ. Musicalizar una milonga no es cosa difícil para quien conozca el tango, hay unas pocas reglas funcionales establecidas con el tiempo, y el resto es sentido común y sensatez. Desde luego habría que distinguir entre quienes lo hacen por placer o por misión tanguera, y quienes viven de ello, cobrando en plata. Los primeros se supone que tendrían que ser referentes culturales del tango, sabios que proponen y guían en los recorridos de sus laberintos. Los segundos, sin embargo, solo tienen que entretener el público, los clientes, por el dinero recibido con el fin de amenizarles la velada. Pero de hecho esta diferencia, por si misma borrosa, no existe en la realidad del día a día milonguero, que todo funde en el caldero del meollo tribal. El musicalizador es el maestro de ceremonia, y como tal es el gurú que guía a la tribu, el chamán que ilumina a los fieles, un papel demasiado gordo para dejarlo en las manos del criterio personal, y un elemento clave del marketing y de la jerarquía de una milonga.

Fue así que se generó un culto del musicalizador, una imagen, una iconografía fundamental a la hora de relacionarse con la tribu y con su mercado. El aspecto musical es lo de menos, y al fin y al cabo los demás DJ ponen todos las mismas cosas, porque el público siempre es el mismo, con los mismos criterios y las mismas necesidades. Los conocimientos musicales de muchos “clientes” son realmente básicos, y sencillamente quieren oír sonar los temas de siempre, los que bien conocen, los que le dan la ilusoria sensación de saber, y de controlar. Así que el musicalizador que lo quiere hacer comercialmente bien lo tiene muy fácil, y cobra cientos de euros para hacer un copia-y-pega que cualquier algoritmo con dos líneas de programación sería capaz de simular. Puede haber diferencias sutiles, que mejoran o empeoran la situación, pero en sutiles se quedan. Pero entonces, ¿por qué se pagan personas para reproducir secuencias musicales que son perfectamente previsibles y repetitivas? Al menos para dos razones.

Primero, la tribu necesita héroes, iconos, banderas, clérigos que perpetúen y defiendan el culto. La tribu necesita un centro de gravedad social, que aglutine y motive al rebaño. Segundo, porque, aunque el musicalizador con toda probabilidad te va a poner la música de siempre, pero te bendice el evento, lo cual se traduce en muchas más entradas vendidas, y muchos más participantes en la función. Es decir, la especialidad del musicalizador no es el conocimiento musical, sino el control social. Se alquila su nombre, y no sus dotes como sabio del disco. El profesional de la consola no siempre se ha tirado años en explorar las entrañas de un siglo de tango, sino en tejer una entramada red de personas y relaciones que garantice el éxito del festejo, por puro y duro poder de convocatoria. El Tango-DJ en realidad no es un profesional de la música, sino de la gente, es un experto relaciones públicas, un promotor. Con todas las ventajas y las desventajas que esto conlleva.

Como es de esperar, las ventajas están clara si el objetivo es vender entradas o aumentar el triunfo del clan. Las desventajas las sufres si buscabas el tango, y un mentor que te pudiera guiar en sus vísceras. Pero así están las cosas, y es mejor presentarse en la milonga con una moneda bajo la lengua, porque este barquero tiene ojos de brasa, y los demás ya han pagado sus óbolos, cruzando sus aguas. No queda otra que dejar ahí tus esperanzas y disfrutar de la velada, de la compañía, de la danza nostálgica y maligna, placer de los dioses, baile perverso, rito y religión, hasta volver a ver, sin demasiada prisa, la luz de las estrellas.

Cráneos y violines

abril 19, 2019

Desde Stradivari, el grosor de la madera de los violines recibe una medición meticulosa, y los lutieres se dedican cuidadosamente a medir esta variable, por lo visto tan fundamental para la calidad del sonido de los instrumentos. Pero claro, un violín tiene una arquitectura compleja y es muy delicado, con lo cual a veces no es fácil llegar a posicionar los calibres tradicionales en sus entrañas. Una solución es el calibre Hacklinger, formado por dos imanes que miden la distancia en función del campo magnético entre ellos. El primer imán va al equipo de medición, el segundo es una bolita fácil de deslizar dentro de la caja armónica. En fin, un objeto delicado con arquitectura compleja, una caja cerrada con pocas aberturas: el calibre Hacklinger es un buen invento para los lutieres, y … para los antropólogos también! El grosor de los huesos del cráneo es una variable que se ha estudiado mucho en antropología, por sus variaciones entre individuos o grupos geográficos, a lo largo de la evolución o del crecimiento. Se sabe que depende de muchos factores cómo las hormonas, la actividad física o la alimentación. Hoy en día se usa la tomografía computarizada para este tipo de estudios y el nivel de precisión y de capacidad de análisis es increíble. Pero una tomografía cuesta cientos de euros, sin contar seguros y logística necesarios cuando desplazas un ejemplar o una muestra desde un museo hasta un hospital. Así que no siempre se puede ir por este camino, si tienes muchos individuos (colecciones de museos o muestras arqueológicas) o si, sencillamente, no hay dinero para ello. Pues hemos aprendido de los lutieres, y hemos utilizado un calibre Hacklinger para medir el grosor del cráneo en una población de un osario medioeval. Resultado: ¡funciona! Más cruces inesperados entre música y antropología … Al fin y al cabo, la cabeza humana es un instrumento musical, una caja de resonancia muy rara donde la cuerdas, llamadas neuronas, están por dentro, y resuenan produciendo una vibración que llamamos pensamiento. Y el resultado es una melodía única, a veces inquieta y caprichosa, que en los casos más virtuosos lo tiene muy claro: pase lo que pase, no repite.

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Tiempo al tiempo

marzo 6, 2019

Contar y calcular representan unas de las claves cognitivas de nuestra especie y, como es de esperar, una cantidad inmensa de estudios en neurociencia y en antropología se han dedicados a nuestras capacidades numéricas. Entre las muchas características de interés de nuestras habilidades a la hora de manejar números está la subitización (la capacidad de reconocer a primera vista pequeñas cantidades sin tener que contarlas), la apreciación de la magnitud (la capacidad de estimar y comparar de forma aproximada grandes cantidades) y la ordinalidad (la capacidad de ordenar una secuencia de cantidades). La subitización es importante a nivel evolutivo porque se supone que pueda ser un precursor del saber contar. En general podemos reconocer, sin tener que contar, grupos de un máximo de cinco elementos, mucho mejor si son de cuatro o de tres. Cinco es nuestro número básico y tiene sus profundas raíces en nuestra anatomía, porque nuestra principal interfaz con el mundo es la mano, y la mano tiene cinco dedos. No acaso, muchos sistemas métricos son múltiplos de diez, porque tenemos dos manos de cinco dedos cada una. Es decir, hasta diez contamos con el cuerpo, utilizando el cuerpo como ábaco. De todas formas, lo dicho, si es menos de cinco no es necesario contar, sobre todo si hablamos de grupos de dos, tres, y cuatro elementos. A lo mejor no es casualidad que los demás géneros musicales tengan ritmos en dos, tres, o cuatro tiempos, y luego sus múltiplos. Cuando hay dos, tres o cuatro tiempos, el cuerpo tiene la cuenta sin necesidad de contar. Y nos asombramos cuando luego escuchamos aquellos ritmos folclóricos y temas musicales que se mueven con una base por ejemplo de siete, once o trece tiempos. Es posible que cuerpos y cerebros bien entrenados puedan pasar de los vínculos innatos de nuestra mente, explorando bloques numéricos tan largos y «subitizando» un número tan elevado de acentos. Pero la verdad es que suele haber un atajo: dividir los tiempos largos e irregulares en bloques cortos y formados por cantidades más afines a nuestros estándares neurológicos y anatómicos. Así que por ejemplo un tiempo en cinco se puede pensar como hecho de dos partes, una de tres y una de dos. Un tiempo en siete se puede sentir como formado por tres partes, una de tres y dos de dos, o por dos partes, una de cuatro y una de tres. El cuerpo busca y encuentra su medida, se incorpora en la estructura musical, y goza de cada compás regulando y enmarcando la cadencia de los acentos dentro de sus esquemas naturales. Y, descomponiendo ritmos en unidades siempre más pequeñas, al final se llega a la unidad. Porque para que la magia de la música fluya hasta las entrañas, haciendo vibrar músculos y huesos e integrando mente y alma en una única emoción, hay que reducir todos aquellos movimientos al ritmo más regular que el cuerpo conoce: el latido del corazón. Con sus tiempos y contratiempos es un ritmo curioso porque es unitario pero nunca se repite, y marca el ritmo de la obra más larga que llegaremos nunca a escuchar, una balada, a veces terrible a veces gloriosa, que tendrá una sola ejecución, y que es la sinfonía de nuestra propia vida.

Des-conectados

enero 7, 2019

Después del lenguaje y de la escritura, es posible que internet haya representado nuestra mayor evolución cognitiva. Siempre hemos pensado que el lenguaje es la forma en que expresamos nuestro pensamiento, pero en realidad cabe la posibilidad de que sea, al revés, el proceso mismo con que forjamos nuestro pensamiento. Y sobre la escritura (textos pero también imágenes) siempre hemos pensado que es el soporte donde volcamos nuestras memorias, pero en realidad es el archivo que sostiene nuestros recuerdos. Fotos y libros son nuestra “memoria externa”, y sin ellos nuestros recuerdos y conocimientos son pobres y, sobre todo, insuficientes para sujetar nuestros niveles culturales y cognitivos. En este sentido, lenguaje y escritura no son el resultado de nuestra mente, sino elementos de sus propios mecanismos. Así que pensamos como pensamos gracias al lenguaje y gracias a la escritura. Y ahora también gracias a internet, vinculo etéreo entre todas las cabezas del mundo, que genera este super-cerebro que llamamos “la Red”. Ya lo decía Santiago Ramón y Cajal que las cabezas humanas son como las palmeras del desierto: se fecundan a distancia.

Internet ha revolucionado nuestra forma de pensar, de razonar, de saber y de conocer, en todos sus aspectos, incluso, por supuesto, en la música. Antes era un reto y todo un logro poder conseguir una cinta musical o un disco, y ahora en el móvil integrado en nuestro bolsillo tenemos toda la musica del mundo. Somos una gran comunidad, y muchos comparten sus saberes, contagiando exponencialmente a otras cientos, miles o millones de personas con informaciones, ideas y conocimientos. Probablemente la mayoría de los usuarios de la red van arrastras, aprovechando de la aportación pero sin aportar ellos mismos a este sistema. Pero los que somos parte activa del super-cerebro, en el bien y en el mal, somos muchos, muchísimos, y la posibilidad de estar todos conectados independientemente del tiempo y del espacio lo ha cambiado todo. Y los cambios siempre conllevan ventajas y desventajas, ajustes, sorpresas, y consecuencias. Entre las muchas, probablemente hay una que, a bote pronto, se percibe solo dentro del mundillo de la enseñanza musical: una importante caída de la enseñanza tradicional. Profesores de música, escuelas y academias, tal vez pueden aprovechar de cierta popularización de la música debida al hecho de que, con internet, todos pueden descubrir pasiones nuevas y toda clase de inquietudes. Tampoco sabemos hasta que punto esto, a cuentas hechas, es una ventaja, porque sabemos de sobra que la cantidad no suele acompañarse con la calidad. Pero al mismo tiempo las instituciones musicales también sufren cierto abandono debido a que muchas informaciones ya están disponibles en la red, entre paginas web, tutoriales, partituras y material de todo tipo. Desde luego la tradicional y la digital son dos formas de enseñanzas diferentes, con ventajas y desventajas distintas, y probablemente compatibles y complementarias, pero la red es mucho más barata y rápida, y esto pesa mucho en la aguja de la báscula.

Pero hay también un segundo efecto, muy interesante a nivel social. Antes, para tocar o aprender música, era casi obligatorio y necesario juntarse, unirse con más gente, para intercambiar informaciones, aprender, ensayar y tocar instrumentos. Ahora una parte importante de todo esto se puede hacer en casa, solos, conectándose virtualmente con el mundo entero. Es decir, como ha pasado en muchos otros casos, las redes “sociales” están, aparente y paradójicamente, aislando los individuos, y mermando sus relaciones sociales reales. O quizás solo están cambiando el concepto de relación social, menos físico y más virtual. A bote pronto, todo un peligro, y una perdida. Por el momento, nos quedamos a la espera de ver que pasa.

Sea como sea, hoy en día se aprende música más en solitario, cada uno en su casa, y se toca música más en solitario, cada uno en su casa. Y entre ventajas y riesgos de todo esto hay un problema objetivo: los profesionales, para ser profesionales, necesitan un salario. Sin un nicho económico no hay profesión, sin profesión no hay profesionales. Y como nos enseña la evolución, si cambia el medio ambiente hay que cambiar el nicho que uno habita: es cuestión de adaptarse, o de extinguirse.

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Este post nace a raíz de una charla de café con Giovanni Palombo, un increible guitarrista, y un excelente maestro.

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Tormenta

agosto 2, 2018

Tormenta es uno de estos tangazos que cuando lo tocas (o lo bailas) te llega hasta la médula, en cada acorde y en cada paso, corchea por corchea, sin cautelas y sin piedad. Lo compone, música y letra, Enrique Santos Discépolo, en 1939, y no hay tanguero que no lo haya bailado decenas de veces, cada una como si fuese la primera. Pero no es un tango muy tradicional, porque no es melancólico ni lánguido, sino sencilla y cruelmente desesperado. De hecho, es el canto de un desesperado, que aúlla entre los relámpagos de la tormenta de su vida porque su fe se tambalea, al descubrir que lo que enseña Dios no sirve para vivir, y que la gente mala vive mejor que aquellos honrados que luchan en su nombre, sufriendo en un mundo de lagrimas donde se desprecia a quien no aprende a robar. Siempre actual, no cabe duda. Más allá de la música arrasadora (¡una obra maestra!) y de la letra lacerante, destaca el mensaje directo y manifiesto: los que se portan bien acaban mal, y cuando ya es tarde llegan a un clásico “Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Pero en realidad la letra esconde (dudo que sea con premeditación y alevosía) otro detalle, que no puede pasar desapercibido a los que suelen tener perspectivas más coherentes y racionales. Enrique Santos Discépolo es probable que no se haya dado cuenta de que estaba componiendo una oda a una de las principales incongruencias de las religiones, que predican una moral (el bien, el amor, la justicia) solo a cambio de un premio. Más allá de las distintas raíces teóricas de las religiones, la percepción común y tradicional de sus preceptos se basa totalmente en premios y castigos. Hay que ser buenos, si es que se quiere un premio. Y los malos recibirán una punición. Así que ser bueno o malo no es realmente una cuestión de ética o de moral, sino de negocio. No es una bondad de amor, sino de conveniencia, egoísta e interesada. Y claro, si soy bueno y no recibo los premios y las ventajas, me quejo al responsable. Ahora, antropólogos y sociólogos le han dado muchas vueltas y, detalles aparte, lo ven muy claro: la religión se ha desarrollado para permitir crear grupos grandes sin que la gente se mate, se robe o se viole como locos. Somos simios programados para tribus pequeñas, y para ampliar la comunidad sin dar rienda suelta a agresividad y violencia hay que establecer normas a base de premios y de puniciones. Y mejor si estas normas vienen de seres invisibles, que no se pueden ver ni consultar. Hay que fiarse. Además creer en algo absurdo es la máxima prueba de lealtad que se requiere para ser aceptado en un rebaño o en una manada, y entonces la religión es también una criba muy eficiente a la hora de averiguar qué estas dispuesto a hacer para quedarte con los demás. Los humanos temen a la soledad más que a la muerte, y están dispuestos a hacer (y a creerse) lo que sea, para no quedarse fuera del clan. Lo cual genera tormentas. Frente a los ateos y a los agnósticos que, como decía Margherita Hack, no necesitan recompensa para portarse bien.

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Os invito a leer los muchos artículos publicados en el blog “Evolución y Neurociencias” sobre antropología y religión, y en particular aquellos sobre creencias sociales y creencias falsas. Y sobre nuestras tribus, aquí van estos dos sobre hordas y macacos.

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Tormenta

Enrique Santos Discépolo, 1939

¡Aullando entre relámpagos,
perdido en la tormenta
de mi noche interminable,
¡Dios! busco tu nombre
No quiero que tu rayo
me enceguezca entre el horror,
porque preciso luz
para seguir
¿Lo que aprendí de tu mano
no sirve para vivir?
Yo siento que mi fe se tambalea,
que la gente mala, vive
¡Dios! mejor que yo

Si la vida es el infierno
y el honrao vive entre lágrimas,
¿cuál es el bien
del que lucha en nombre tuyo,
limpio, puro?¿para qué?
Si hoy la infamia da el sendero
y el amor mata en tu nombre,
¡Dios!, lo que has besao
El seguirte es dar ventaja
y el amarte sucumbir al mal.

No quiero abandonarte, yo,
demuestra una vez sola
que el traidor no vive impune,
¡Dios! para besarte
Enséñame una flor
que haya nacido
del esfuerzo de seguirte,
¡Dios! Para no odiar:
al mundo que me desprecia,
porque no aprendo a robar
Y entonces de rodillas,
hecho sangre en los guijarros
moriré con vos, ¡feliz, Señor!

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Bajo cuerdas

noviembre 4, 2017

Los instrumentos musicales son, al fin y al cabo, extensiones de nuestro cuerpo, que cuando se vuelve “cyborg” enlazándose con cuerdas y cañas es capaz de pensar y explorar un mundo distinto de sonidos, ritmos y armonías. Incluso herramientas mucho más simples, cuando las utilizamos con un entrenamiento constante, se “imprimen” en los esquemas neurales de nuestro cerebro, y el cerebro las interpreta como una parte del cuerpo. Esta integración establece un contacto “cognitivo” entre cerebro, cuerpo e instrumento, y el instrumento se vuelve extensión misma del brazo, directamente representado en nuestra corteza cerebral. El ejemplo más famoso es el bastón del ciego, interpretado por su cerebro como un “brazo muy largo”. Si un bastón ya reorganiza nuestra corteza cerebral, os podéis imaginar entonces que revolución cerebral puede desatar … una guitarra! También a raíz de esta relación “neurobiológica”, los instrumentos musicales han evolucionado en la historia de la humanidad con paralelismos y convergencias, adaptándose y moldeándose a los cuerpos de sus poblaciones, y generando patrones de diseño a menudo repetidos y fijos. Muchos instrumentos han alcanzado enseguida una cierta estructura y luego no han cambiado mucho a lo largo de siglos. Tal vez sea por inercia cultural, tal vez porque, sencillamente, funcionan perfectamente y no necesitan cambios importantes. En los instrumentos de cuerdas un “carácter evolutivo” muy pero que muy variable es precisamente el número de las cuerdas, y un ejemplo reciente de “radiación adaptativa” es el bajo eléctrico. Su estándar de cuatro cuerdas, bien afianzado y sin duda satisfactorio en todos los géneros y estilos, a menudo se ve revolucionado por variaciones de todas formas y colores. Yo soy uno de los que siempre se ha encontrado en perfecto equilibrio con el bajo tradicional, y nunca he sentido necesidad de más cuerdas, agudas o graves, pero me encanta la experimentación, y esta evolución loca del bajo eléctrico me parece una experiencia genial, y una gran oportunidad. Aquí unos comentarios de Joaquín García, bajista, contrabajista, técnico de sonido excepcional, y exitoso mercante de bajos eléctricos en todo el mundo …

“Los bajos eléctricos con muchas cuerdas ponen muy nerviosos a los puristas del instrumento. No es mi caso. Ahora bien, considerar un instrumento tan joven como el bajo eléctrico (creado en 1951) como definitivo porque Leo Fender (quien era inventor, no músico) lo creara de 4 cuerdas, creo que es realmente exagerado. Por otro lado, somos animales de costumbres y animales sociales así que si nuestros ídolos usan 4 cuerdas (por ejemplo: Jaco Pastorius, Marcus Miller, Victor Wooten, etc.), es normal pensar “quién soy yo para usar una cuerda más”. Yo creo que el número de cuerdas es irrelevante; lo importante es lo que hagas con ellas. Mi favorito con un ERB (Extended Range Bass) es el francés Yves Carbonne, que hace una música increíble con un bajo de 12 cuerdas como con uno de 2 cuerdas que también usa. Desde que me he pasado al contrabajo lo tengo más claro: yo también estoy muy muy cómodo con mis 4 cuerdas, pero de hecho en las Orquestas Sinfónicas apenas hay contras de 4, siendo casi todos de 5 cuerdas.

Mi mejor contrabajo tiene casi 200 años y era originalmente de 3 cuerdas hasta que alguien hace unos 80 años lo convirtió a 4 cuerdas. En la evolución de la música y de los instrumentos el número de cuerdas es lo de menos, yo lo tengo claro. En cada momento se hacen con las cuerdas y afinación que se estiman necesarias para la música del momento (viola de gamba de 6-7 cuerdas afinadas como una guitarra que da paso al poderoso cello afinado por quintas y 4 cuerdas). Y hay muchos contrabajistas no orquestales que hacen maravillas con 5 cuerdas (a menudo con un Do agudo, no un Si grave). En cuanto a la continuidad física yo diría que el hábito y la costumbre tienden a fijarnos ciertas posiciones. Si siempre has tocado 4 cuerdas es lógico que te parezca que ese es tu ámbito y lo que de forma natural y casi física te va bien, pero creo que sólo es fruto del hábito. Si el bajo que hubieras tenido y aprendido a tocar fuera de 3 o 5 cuerdas, ese es el que te parecería más “normal” y lo convertirías en tu extensión física del cuerpo.

En realidad más cuerdas son más fáciles de tocar, con mucha diferencia, por una mera cuestión de economía de movimiento, ya que sin necesidad de mover la mano izquierda accedes a más notas. Y en el caso del bajo, una cuerda más grave realmente hace que sea más bajo, así que si hablamos de frecuencias graves, añadir notas más bajas es una opción realmente interesante. Los bajos de 6 cuerdas añaden una más grave (Si) y una más aguda (Do) que un bajo de 4 cuerdas, y es cierto que la tesitura aguda coincide en parte con el registro de la guitarra, pero de nuevo es una posibilidad interesante. Los bajos de 5 y 6 cuerdas empezaron a proliferar a finales de los años 70 cuando los potentes sintetizadores producían unos sonidos graves poderosos y además podían emitir notas más bajas que el Mi de la 4ª cuerda del bajo, llegando hasta un Do. Los bajos de 5 cuerdas permitían llegar hasta un Si, de modo que esa cuerda adicional permitió a los bajistas reconquistar su terreno natural en la banda. Una década después los sintetizadores que emulaban bajos o bass-synth desaparecieron, pero el registro ampliado del bajo ya se había adoptado de forma definitiva. Hoy conviven sin problema bajos de 4 y 5 cuerdas y en menor medida de 6 e incluso más cuerdas. De nuevo, se trata de lo que hagas con el instrumento, no de cuántas cuerdas tenga. Dicho de otro modo, el talento no tiene nada que ver con el número de cuerdas. Ojalá tuviera yo la décima parte de musicalidad tocando una sola cuerda que alguno de mis ídolos… ¡me cambiaba ahora mismo!”

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A gritos

agosto 2, 2017

El lenguaje es un sello único de nuestra especie y no cabe duda de que, en una canción, la letra puede marcar la diferencia. Hay autores o géneros donde las letras son pura poesía, iluminan, cargan de sentidos y de emociones. Desde luego sabemos perfectamente que la música puede prescindir totalmente de ellas. Más allá de la música instrumental, conocemos de sobra muchos ejemplos donde palabras sencillas y básicas (por no decir planas) consiguen, de una forma u otra, llegar hasta las vísceras, sacudiéndonos el alma sin más. El tango y el blues son dos ejemplos extremos y opuestos en este sentido, porque ambos expresan la melancolía y la tristeza del exilio y de la emigración, pero el primero lo hace con una estructura musical muy compleja, una técnica impresionante, y letras que son verdaderos poemas, mientras que el segundo necesita solo una estructura musical básica, una técnica bastante tosca y genuina, y letras nimias, sencillas, directas, crudas. Ahora bien, para que llegue a tocar los nervios adecuados, no hace falta recordar que la letra no necesita ser compleja o floreteada. Hay frases cuya sencillez espontanea y sincera tocan la fibra sensible precisamente por su equilibrio sutil y liviano, mágico y abrumador. Pero hay más. De hecho, hay canciones que nos llegan hasta la médula aunque se canten en idiomas que no conocemos. Y en algunos casos las letras se basan realmente en un canto primordial hecho de fonemas que trasmiten la sensación a través de sonidos sin sentido lexical pero con una fuerte carga emocional, un lenguaje que utiliza combinaciones acústicas capaces de estimular nuestras drogas endógenas cerebrales sin tener que pasar por una traducción lingüística. No hace falta recordar cuantas veces tarareamos y chapurreamos la letra de una canción, sobre todo en un idioma ajeno, incluso inventándonos palabras que no existen, y aún así disfrutamos a cada sílaba de su carga emocional. En alguna ocasión puede que se utilice el canto como un instrumento más, pero en realidad nuestro cerebro separa el lenguaje de los otros tipos de sonidos, lo encarrila en un proceso distinto, así que en cuanto ese canto utiliza segmentos que se parecen a un idioma, aunque desconocido, su interpretación se dirige a áreas cerebrales distintas y especializadas. Entonces a lo mejor hay algo más detrás del significado de las letras, algo que no tiene que ver con este significado, sino solo con el efecto que una palabra ejerce en nuestras sensaciones al momento de oírla, o de pronunciarla.

Hoy en día sabemos que cuando oímos o pronunciamos una palabra, en el cerebro se activan neuronas del cuerpo que supuestamente se relacionan con acciones asociadas a dicha palabra. Es decir, el cuerpo responde cuando oye o pronuncia letras, involucrándose, aunque sea solo por simulación. Esta activación es tan intima que muchos piensan que es necesaria para descodificar el lenguaje, y esto podría significar que el lenguaje pasa necesariamente a través de la experiencia del cuerpo. Hablar y entender pasan por sentir, un sentir físico y corporal, que involucra manos y entrañas. Desconocemos la naturaleza y los mecanismos de estas reglas que asocian sonidos y sensaciones, reglas que a veces serán el resultado de funciones especificas y quizás de ciertos trasfondos evolutivos, a veces simples consecuencias secundarias de un complejo cruce de cables biológicos. Hay muchas condiciones psiquiátricas (como por ejemplo el síndrome de Tourette) donde actividades motoras y fónicas se vuelven repetitivas, y se asocian a un placer endógeno asociado a la ejecución de un cierto movimiento o a la repetición de ciertas palabras. “Caramelos para el cerebro”, se lee en los libros de Oliver Sacks. Algo que todos hemos experimentado cuando un tema pegadizo se nos clava en la cabeza y en las piernas, acompañándonos por horas. Así que adelante, a tararear y a murmurar, a buscar aquella letras que nos embelesan el cerebro, sin rumbo y sin sentido, forjando aquellos versos que, sin rima y sin compases, den rienda suelta al canto natural del cuerpo.

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Silberius de Ura canta con la voz de Neonymus. Aconsejable seguirlo en sus viajes a lo remoto, experiencias de sonidos, y de cuerpos.