Vidala para un buey

marzo 9, 2017

La música y el canto suelen tener raíces en las emociones, en los rituales, en la estructura social, algo tan fundamental como etéreo, inexplicable, una conexión entre lo que hay dentro y lo que está fuera, entre uno y muchos, entre uno y si mismo, algo tan íntimo que no necesita razones más que las de su misma existencia. La música, es decir, no suele asociarse a un objetivo especifico y puntual, y su mismo hechizo es su porque, con todas sus consecuencias y su necesidad. Cuando se piensa en posibles “aplicaciones” de la música como máximo se puede llegar a su papel en el entretenimiento, un mercado a veces noble a veces pobre, que solo desplaza el sujeto del encanto, pero no el fin: quien toca para si mismo, quien para los demás, y quien para los que pagan, pero las musas siempre están al servicio de Orfeo, y de sus sortilegios sonoros. Pero hay por lo menos un caso en el que los humanos no son el objetivo del encanto, y la música adquiere un insólito papel (por así decirlo) aplicado, pragmático, con un fin preciso y hasta productivo: los cantos de vaquería, los cantos vaqueros. En Venezuela, en Colombia, y quien sabe en cuantos más países y más diferentes culturas, a la vaca se le canta su nana, su poema, su oda. Los cantos de ordeño tranquilizan el ganado y aumentan la producción lechera. Los cantos de arreo, o de cabestreros, consiguen guiar los rebaños ordenados y mansos a lo largo de sus sendas. Los cantos de la vela los acompañan hacia la noche del llano.

El paisaje sonoro del canto vaquero se integra en el respiro del monte y del campo, conexión entre el pastor y sus cortesanos. Cada canto tiene el nombre de una yegua o de un novillo, y cada nombre tiene una historia que se cuenta y que se canta. La identidad de cada animal y la empatía de su cantor recuerdan Temple Grandin, la autista que patentó granjas cercanas a sus cuadrúpedos, donde arquitectura y sentidos tranquilizan al prisionero bovino hasta en sus últimos momentos. En el caso de los cantos vaqueros el abrazo arrullador no es visual ni físico, sino acústico. Las vacas europeas también, quizás por ser ya acostumbradas a la pampa y a sus encantos sonoros tras años de intercambio zootécnico, aumentan su producción lechera con la música, aunque necesitan, quizás por el legado nórdico, la Sexta Sinfonía de Beethoven (no acaso conocida como “La Pastoral”!).

Los cantos de ordeño y arreo son cantos de trabajo, acompañan al campesino y al buey, arte y necesidad, tradición y empatía, humanos y ungulados, la voz del llano. La música tiene muchas raíces, y probablemente muchos orígenes. Entre rito y símbolo, lenguaje y expresión, no podemos descartar que quizás, en algún caso, todo empezó de forma más sencilla, en el atardecer de un vivac, con una charla entre un pastor y su rebaño.

 

Folkstudio, 1963

julio 12, 2015

Ivo Bruner (Folkstudio 1963)

Treinta y cruz

junio 21, 2015

 

Jim Croce Jim Croce ha sido un cantante y guitarrista del folk norte-americano, cinco álbumes de éxito entre el 1966 y el 1973.  Una voz suave y muy personal, filtrada por dos majestuosos bigotes negros, una guitarra acústica con cuerdas empapadas de las combinaciones mágicas de aquellos años, mezcla de folclore, country, rock, y rhythm and blues, y canciones que cuentan con una espontaneidad entrañable historias sencillas sobre gente sencilla. Orígenes italianos (croce quiere decir cruz). En aquellos años hubo muchos folk-singers de este tipo, pero Jim Croce ha representado una síntesis muy particular de todo esto, con sus canciones y con su vida. Letras, ritmos, guitarras, melodías, es impresionante como una sola persona haya podido reunir a la vez todos los mejores componentes de aquellos tiempos y de aquella cultura. Y luego desaparecer. Esta historia no acaba como para muchos de los iconos de su época con una vida quemada al borde del extremo y una muerte escénica entre desgaste y gloria. No, el final llega con una gira densa de conciertos y una avioneta que se estrella contra un árbol al despegar, sin más, llevándose a Jim Croce y a todo su equipo. Un pecán, gigante vegetal del sudeste de Estados Unidos, gran productor de nueces que, por lo visto, era el único árbol presente cerca de la pista. Total, nada de vidas al limite y almas perdidas. Jim Croce, muy poco convencido del negocio musical, muy poco a gusto entre las luces de las grandes ciudades, decepcionado por las cutreces del mercado discográfico, más bien conformado con los elementos de su vida cotidiana. Y suma absoluta del folk, enseguida olvidada después del éxito y de su encuentro con el pecán. A pesar de la importancia que todavía se le reconoce, su nombre ocupa un rincón bastante abandonado, visitado casi solo en los recuerdos de los que vivieron aquellos años y aquellos ritmos, sin haber tenido (como en cambio han tenido muchos otros artistas asociados a un éxito rápido y puntual) la posibilidad de ser una referencia de nuestra memoria musical.

Jim Croce es entonces un ejemplo en dos sentidos. Primero, lo dicho, su música representa el alma total y redonda de una entera cultura. Es difícil encontrar una síntesis tan completa, tan limpia y suave, de un genero musical y de su momento histórico. Pero es también un ejemplo para entender algunas dinámicas que moldean nuestra memoria según cánones estructurados por leyes de mercado y dinámicas sociales. ¿Como es posible que una persona con estas cualidades y con esta fama, a pesar de ser increíblemente representativo de su expresión cultural en un determinado momento, no llegue a entrar en el patrimonio común de las generaciones siguientes? ¿Que mecanismos deciden quien pasa y quien no pasa, a corto y a largo plazo, la memoria de la historia?

En el caso de Jim Croce hay quizás por lo menos dos factores. Primero, una forma de vida sincera y sencilla, y una muerte poco llamativa. Es decir, poca cosa para una película de extremos y desgarros. Segundo, una actitud muy poco útil para promover el modelo “luces y estrellas del sueño americano”. Cuando intentaron llevárselo a Nueva York para que hiciese parte aquel espejismo social y comercial y de sus escenarios, se encontró bastante desafinado con el entorno, se marchó pronto a sus tierras y a sus trabajos, y grabó la canción “New York is not my home“. En fin, un gran ejemplo de artista, pero a lo mejor una difícil inversión para el marketing comercial e ideológico. Días después de su muerte su mujer, Ingrid, recibió una carta suya enviada poco antes del encuentro con el pecán. Esto de las giras no le gustaba, quería cambiar rumbo por algo que no le llevase lejos de su familia. Y terminaba diciendo: recuérdate, cuentan los primeros sesenta años, y a mi me faltan todavía treinta.