A la plancha

febrero 2, 2017

dni_ebruner2016Cuando en una milonga acabas calentando la silla toda la noche porque no consigues bailarte ni una tanda se suele decir que te has pasado la velada “planchando”, es decir alisando el asiento para que no se quede arrugado. Considerando los tangos perdidos, las expectativas incumplidas, el dinero mal gastado, y el orgullo machacado, suele acabar todo esto en un amargado refunfuño contra los organizadores del evento, la música inadecuada, o la compañía descortés y sobradilla. Una tanda se comparte por afinidad tanguera, por afinidad social, o por cortesía y voluntariado, y hay situaciones (sobre todo cuando hay mucha gente y el abanico de las opciones es más generoso) en que un bailarín, por falta de una de aquellas componentes, se vuelve a casa sin haberse comido una rosca. Todos saben que en una milonga hay cierta diversidad de niveles, de estilos, y de intereses, pero cuando alguien no consigue bailar en muchas ocasiones no suele encontrar ninguna dificultad en concluir que la culpa es, sea como sea, de los otros.

Claro está que los que van al baile (y solo al baile) intentan seleccionar las parejas en función, a paridad de otros factores, del nivel de baile. Nadie quiere bailar con alguien que baile peor. Y los que van a otras cosas tendrán otros criterios. Entre estos “otros criterios” está la edad: para los que van a una milonga en búsqueda de un contexto social, a menudo se prefiere bailar, a paridad de otros factores, con alguien más joven. En el primer caso (la selección de la pareja por capacidad de baile) no habría que rezongar mucho si la velada no tiene mucho éxito, porque no se puede pretender que los que han hecho un esfuerzo y una inversión en el baile luego vayan a las milongas para amenizar a los que este esfuerzo no lo han hecho. En este caso decía un amigo “Si no te invitan a bailar, en lugar de rezongar pregúntate el porqué”. En el segundo caso (la selección de la pareja por edad) no se puede apoyar el valor social de la milonga (muchas veces a costa de su valor cultural y artístico) y luego quejarse de las previsibles consecuencias.

En un contexto más coherente y razonable todo esto sería un debate con una sola cara, pero en la realidad tiene dos: hombres y mujeres. El tango, a pesar de los estereotipos, no es machista, pero la gente sí que lo es. A veces lo son hasta las mujeres, que para reafirmar su valor como mujeres aceptan y hasta se esconden detrás de las reglas dictadas por los hombres. En el tango la invitación al baile (la de verdad) es un acuerdo sutil, discreto, y privado, que se celebra entre cuatro ojos, en un juego de miradas que se llama cabeceo. Acto seguido el caballero, cuando y si el acuerdo se ha cerrado a distancia, se levanta para pasar a una invitación más formal, acercándose a la mujer que lo está esperando. Desafortunadamente, de todo esto hermoso ritual muchas veces lo que se queda es que el varón se levanta sin más “eligiendo” la mujer que, le guste o no, se siente obligada a aceptar la invitación.  En un contexto más coherente y razonable esta mala costumbre se habría penalizado sin más (el señor volviendo a su silla con un rechazo en el alma), pero la cosa ha ido diferentemente, y la mala costumbre ha echado raíces largas y profundas.

Si consideramos además que en general en las milongas hay muchas más damas que caballeros, el resultado suele ser una arena donde los hombres deciden, y filas de mujeres con un nivel de baile regulín y algo mayores de edad  planchan sillas y rezongan contra las crueles leyes del tango. Coherencia, por favor. No es coherente, hombres y mujeres,  no comprometerse con el estudio del baile y luego quejarse porque no te invitan a bailar. No es coherente, hombres y mujeres, fomentar los aspectos sociales de la milonga y luego quejarse de que haya prioridades ajenas al baile. No es coherente, mujeres, fomentar aspectos machistas y ajenos al tango y luego quejarse de sus consecuencias. Si hay sillas bien planchadas, hombres y mujeres, podemos preguntarnos el porqué. Pero luego, en la respuesta, hay que procurar ser sinceros.

Señoras y señores

julio 19, 2012

El tango representa el resultado de un antagonismo entre los sexos. Con sus diferencias, hombre y mujer se buscan y se rechazan, se enfrentan y se completan. Papeles diferentes, que al momento de unirse generan una diferencia de potencial, motor físico y psíquico del tango. El tango nace desde éstas diferencias, que se contraponen y que a la vez se complementan. El encuentro, entre desafió y complicidad, empieza con el cabeceo, un reconocimiento a dos partes, bidireccional, donde ambos a la vez aceptan y comparten una decisión sin que los demás necesariamente se enteren (aunque luego por caballería sea el hombre que, a trato ya hecho en secreto, lo haga manifiesto). Claro, todo ésto requiere un papel solido, claro, y coherente. Si falta éste equilibrio, se rompe ésta dinámica fina y delicada, que es el juego del tango. Desafortunadamente y con cierta frecuencia hoy en día se puede notar otra asimetría en la estructura de los dos géneros, que lleva muy lejos de aquel teórico marco emocional. Los hombres suelen ser menos, con lo cual todos los hombres bailan mientras que unas cuantas mujeres “planchan” las sillas. Los hombres suelen ser más mayores que las mujeres, y a menudo con un nivel de baile menos sofisticado. También suelen ser menos cuidados con formas e indumentarias. Y quizás en las milongas más en los hombres que en las mujeres se puede encontrar cierta actitud poco afín al baile y más relacionada con el relacionarse, que tantos problemas crea al tango y a sus verdaderos aficionados. La guinda viene cuando añadimos quien es que decide quien baila y con quien baila quien: los hombres. Es decir, aquella parte minoritaria pero de mayor edad, menos capaz en el baile, y menos cuidadosa en las formas, decide el destino de una noche de tango de la parte que es en mayoría, más joven, más preparada, y más respetuosa. Así no puede funcionar bien. Evidentemente hablamos de “tendencia”, de promedios, de un fenómeno general, con todas sus muchas y agradecidas excepciones, y además claramente asociado a experiencias personales. Pero el resultado es bastante patente y una noche de milonga, que para un hombre siempre más o menos tiene provecho, para una mujer frecuentemente se transforma en una aburrida agonía. Y si la realidad no se conforma a la teoría, hay necesariamente que arreglarlo con ajustes apropiados. En éste caso hay pocos remedios: las mujeres tienen que poder elegir sus noches de tango, es decir rechazar con cortesía pero sin sentido de culpa las invitaciones que no compensan, y a la vez proponer ellas mismas invitaciones al baile. Esto sí, con el mismo respeto que se exige a los hombres, y que requiere el juego del tango.