Tribaltango

noviembre 30, 2016

juarez-machado-milonga

El tango es música, es arte, es poesía, es una perspectiva, es una forma de ser y de sentir, el pensamiento triste que se baila de Discepolo, una tristeza digna, resignada y orgullosa, sincera y consciente, historia de vida e historia de vidas, pinceladas entre los acordes melancólicos y las pausas solitarias de un tiempo binario. La milonga, en el sentido del evento donde el tango se presenta y manifiesta en forma de baile, no tiene necesariamente que ver con todo esto: es una reunión social. Aquella música, aquella poesía, el mismo baile del tango, no son a menudo ni el objetivo ni el fin, sino solo un medio, casi una excusa, un pretexto común para convocar una tribu en la arena de un momento social. Las reglas, las normas, los códigos establecidos y los que no es necesario establecer, hacen parte de un evento que tiene como único y exclusivo objetivo la generación, la gestión y el mantenimiento de una comunidad. Los valores del tango como arte y como emoción se someten y se vinculan al valor social de la milonga, y el valor del individuo se aniquila entre las reglas atávicas de la manada. El tango se queda como un marco que adorna la escena pero que no representa la obra, sino solo la delimita, le proporciona un contexto, y una sujeción. Y el marco, en general, está al servicio de la obra, no determina su valor. El marco tiene que permitir que un cuadro brille, pero sin quitarle protagonismo. La milonga es un evento social, donde el baile y la música solo sirven de tablero para que la tribu pueda jugar sus partidas, y aprender los mecanismos de la arena para poder llevar a cabo sus estrategias y sus apuestas. No importa el cómo y el dónde, sino el quién y el porqué. En este ajedrez milonguero hay reinas y peones, y las partidas pueden ser ostentosas u ocultas, muchas veces inconscientes. Pero todos están jugando. Si entras en esta arena aceptas sus normas y, sobre todo, sus objetivos. Se genera un mundo paralelo, con sus relaciones y sus mercados, sus promesas y sus engaños, donde la voz de un bandoneón marca los tiempos de cada jugada. Y quien apuesta solo sobre el tango, a menudo, pierde.

A media luz

febrero 21, 2016

A media luz (EBruner)

La milonga es un género de baile primo del tango, que con el tango comparte historia, estructura, y entorno. Pero también se le llama milonga a la noche tanguera, y hasta al lugar físico donde se celebra la velada. El tango es un mundo algo particular, por su historia, sus raíces, sus emociones, su forma de expresar sentimientos y relaciones, y por la intensidad con la que llega hasta las cuerdas más íntimas de nuestro cuerpo y de nuestra memoria. Es un baile, pero también un género musical muy caracterizado, y además es una cultura, una perspectiva, quizás un estilo de vida. Todo esto no necesariamente se mezcla, y al revés estas facetas a veces pueden quedar hasta aisladas la una de la otra. Pero el tango es todo esto, y algo más. No es de extrañar entonces que la milonga, el lugar sin tiempo y sin espacio que permite entrar en este mundo atrapado en una frontera entre íntimo y social, sea un lugar con reglas y dinámicas peculiares, por lo menos diferentes. Quien se acerca por primera vez a una milonga no conoce éstas dinámicas, no percibe la estructura, no comprende las respuestas, y puede interpretar situaciones y sensaciones a través de cánones que no funcionan muy bien para aquel contexto.

Como en muchos encuentros de baile, la luz en la pista es baja, y un poco más, porque el tango es muy íntimo, se agradece sentir con el cuerpo, dejando descansar a los ojos. Si se baila en un bar el ambiente puede ser más heterogéneo, pero si se baila en un salón las personas están sentadas a su alrededor, y la proximidad física se limita a los vecinos de al lado. Se habla poco, para no herir aquella melancolía suave que satura el espacio acústico, creando una burbuja sentimental que desata en el cerebro cascadas de endorfinas adictivas y placenteras. Aunque muy frecuentemente cierto machismo provinciano, masculino como femenino, impone que el varón arrastre la mujer al baile decidiendo quien baila y quien no, en el tango verdadero la invitación entre bailarines es un sutil juego de miradas cómplices y reservadas (cabecéo), donde la mano tendida del caballero solo es un gesto cortés y final de un compromiso que ha sido previamente alcanzado con una reciproca danza de los ojos. La adición al baile, psicológica cómo bioquímica, añade a menudo cierto afán para una consumición frenética de los tangos, donde cada tanda sentada suena a muchos como una ocasión perdida, y cada tanda malgastada puede sentar como un peaje irritante e injusto. Con objetivos muy pero muy diferentes, pero todos van a lo que van, es decir, al baile. Añadimos también que el ambiente del tango es intenso y generalmente circunscrito, con lo cual todos se conocen, o casi. Sobre todo en los casos más locales, la estructura social escondida bajo de la media luz suele estar muy bien caracterizada, con cables y nudos atados en años de relaciones personales, las buenas y las malas, las nobles y las que no lo son. Todo ello, visto con ojos ajenos que no están acostumbrados a aquella media luz, suena difícil de comprender, todavía más difícil de vivir. La contaminación entre íntimo y social se percibe como un conflicto donde éstas dos componentes chocan y se pelean, el ambiente huele a secta, y la puerta hacia este universo paralelo se ve como un callejón sin salida. Desconociendo las reglas del juego, se puede interpretar todo esto como una barrera, las miradas como una amenaza o como un rechazo, el ritual de un círculo cerrado donde no se agradecen ojos ajenos, y donde expectaciones e inquietudes no invitadas se reciben con el silencio de los cuerpos que bailan sin más.

Nada más lejos de la realidad. Las milongas siempre son ávidas de nuevas almas, siempre. Se puede decir que es su fuente de energía primaria, y todos lo saben. Todos, en una milonga, están a la espera de una nueva cara que cruce la entrada del salón. Para los que van al tango, cada nueva llegada es la oportunidad de una nueva pareja de baile, un nuevo instrumento para la orquesta, con sus particularidades, sus diferentes características, la ocasión de emociones distintas y de nuevos viajes en el mundo íntimo y melancólico del dos por cuatro. Para los que van al negocio, cada bienvenida es una nueva presa, oportunidad de tajada y de venta al detalle, cada dos piernas un potencial cliente. Para los que van al social, cada foráneo puede ser un nuevo amigo o hasta una futura pareja, otro miembro de la tribu, cachorro para la manada, o refuerzo para el rebaño, en función de cómo se vive la estructura social del entorno milonguero, desde los aprovechados individualistas hasta los misioneros comunitarios. Sea como sea, según objetivos muy pero muy diferentes, la milonga siempre es una criatura a la espera de sangre nueva. Hay solo que acostumbrar los ojos a la media luz, disfrutar del juego, y dejar al cuerpo la posibilidad de sentir y decidir cómo y cuanto vivir esta historia envolvente y melancólica, que se llama tango.

El fantasma de Gardel

noviembre 10, 2013

La muerte de GardelLos orígenes del tango ya se remontan a hace un siglo, los tiempos cambian, y la historia moldea íconos y recuerdos. Las milongas a veces parecen burbujas del tiempo, donde se reviven modelos y estereotipos de un mundo que, fuera de sus puertas, ya no está. Esto por un lado crea una situación irreal, por el otro aleja a todos los que buscan vivir un tango según perspectivas más presentes y modernas. El tango no es un baile, es una cultura. Y las culturas evolucionan. Tienen que hacerlo, de otra forma se extinguen. Sin embargo, el mundillo del tango a menudo presenta una alternativa estática y anacrónica, donde pequeñas élites elegidas por si mismas se autocelebran guardianes de mitos que saben más a culto que a cultura. Se confunde el valor de la tradición y de las raíces con la importancia de la actualidad. Los que nos dicen que el único y verdadero tango es el tango de los inolvidables años cuarenta, tendrían que ir por ahí con una maleta de cartón y una navaja en el bolsillo, para cumplir coherentemente con este afán de representar un tiempo que no han ni siquiera llegado a conocer. Confunden la melancolía del tango con la nostalgia de un pasado que ni siquiera han llegado a vivir.  Congelar un proceso cultural en una etapa que ha pasado desde más de medio siglo para luego poder vivir de iconos quiere decir destinar aquella cultura al olvido. Hacerlo desde un podio postizo pintado de soberbia, sin reconocer con humildad la dignidad de las alternativas y de las diferentes necesidades, es encima egoísta y poco respetuoso. Si Gardel hoy en día estuviese vivo, pues … tendría más de 120 años, lo cual haría de él un caso por lo menos curioso. Pero se murió en un accidente de avión en los años treinta. Desde entonces han ocurrido muchas cosas, y el mundo mucho ha cambiado. Dejamos que su espíritu descanse en paz, mientras que nosotros llevamos adelante algo que, por aquel entonces, sólo acababa de empezar.