El otro lado del tango

diciembre 15, 2018

Nuestro cerebro es asimétrico, nuestro cuerpo es asimétrico, incluso nuestra tecnología es asimétrica. Es una característica particular de nuestra especie, por lo menos en la magnitud de su expresión. Solo los humanos tenemos tantas asimetrías en la corteza cerebral, y comportamientos tan sesgados hacia un lado u otro. Una mano se usa para su fuerza y la otra para su precisión, e incluso tenemos pies y piernas preferentes a la hora de ejecutar distintos movimientos. A nivel sensorial y cognitivo, no percibimos de la misma forma lo que pasa a nuestro lado derecho y a nuestro lado izquierdo, y estas diferencias perceptivas llegan a sesgar nuestras emociones y nuestras decisiones. Algunos aspectos de estas asimetrías se pueden moldear con cultura y entrenamiento, otros no. La música es una actividad donde las asimetrías de nuestros cuerpos se integran en el diseño de los instrumentos, así como en nuestras relaciones físicas con ellos. Pero también el baile sufre las influencias de nuestra lateralidad física y cognitiva. Incluso en un baile individual, el cuerpo no trata de forma parecida el espacio derecho e izquierdo, sesgando movimientos y sensaciones en función de las perceptibles e imperceptibles diferencias entre los dos lados, y por supuesto de las limitaciones que estas conllevan. Imaginarse cuando el movimiento no es libre, sino que depende de la integración con otro cuerpo y está fuertemente vinculado a un abrazo totalmente asimétrico, como en el tango. El hombre tiene manos y brazos derecho e izquierdo en posición diferente y entregados a una misión diferente, y a su derecha el cuerpo está cerrado por la pareja mientras que a su izquierda el espacio es más abierto. Y mira preferentemente a su izquierda, mientras camina adelante. En la mujer, el esquema es al revés. Y camina para atrás. Es impensable intentar vivir este espacio de forma simétrica, usar el cuerpo de forma simétrica, o sentir el fluir de la música de forma simétrica. Esta asimetría es un vinculo muy fuerte, y a veces puede parecer una limitación, pero también es un factor crucial al momento de generar energía. Asimetrías cerebrales, somáticas y posturales entre dos cuerpos que, sea como sea, tienen al final que sentir lo mismo, canalizando juntos la improvisación de música, emociones y movimientos. Y esto sin considerar que a su alrededor decenas de parejas hacen lo mismo, girando todos rigurosamente en sentido antihorario y por ende generando otro sesgo en el movimiento y en la percepción, un sesgo espacial, donde estos átomos que bailan acoplados pueden vibrar pero no tocarse. Añadimos otra asimetría, esta vez interna a la pareja: el distinto rol y las diferencias emocionales entre hombres y mujeres, diferencias fundamentales para desencadenar aquel flujo de sentires compartidos que al final llamamos “tango”. Nuestras asimetrías son un vínculo ineludible de nuestros cuerpos y de nuestras mentes, pero también son un recurso fundamental y necesario para poder generar un recorrido de percepciones y de sensaciones. Un mundo derecho y un mundo izquierdo, uno anterior y uno posterior, un espacio con polaridad, y con un antes y un después que marcan tensión, dirección y camino. Sin diferencias no hay camino. Sin diferencias no hay emoción.

Músico ergo sum

agosto 21, 2013

SarasvatiHay por lo menos tres niveles (o filtros) de los que depende nuestra percepción de la música, como instrumentistas o como oyentes. El primero es la cultura, que nos entrega los “receptores” para poder “sentir” lo que está detrás de un conjunto armónico, melódico, o rítmico. La cultura forja lentamente nuestras capacidades, moldea nuestros “decodificadores”, orienta nuestra sensibilidad hacía una dirección. El segundo es el factor psicológico, un conjunto de expectaciones y esperanzas que intenta proyectar en lo que oímos o en lo que tocamos nuestro carácter y nuestras necesidades. El tercero es el conocimiento, la técnica, la información que tenemos (o que no tenemos) para entender, para poder analizar lo que estamos escuchando o ejecutando. Es un nivel intelectual, y de estudio. Está claro que los tres niveles se mezclan y se influyen el uno con el otro, a veces integrándose y a veces al revés chocando, por necesidades diferentes u objetivos diferentes, en función de los caprichos de las “musas“. Está claro que los tres componentes pueden seguir caminos separados, llevando los músicos a combinaciones distintas de estos tres factores. Habrá por ejemplo músicos con una actitud innata a ciertos contextos musicales porque nacidos y criados en cierta cultura, pero sin formación técnica alguna. Y habrá músicos con gran formación de estudio en un campo, pero al mismo tiempo ajenos a aquella cultura. Habrá músicos con grandes recursos culturales y técnicos pero con vínculos asociados a sus expectaciones psicológicas, y músicos con limitado recorrido pero sustentados por una fuerte actitud caracterial. Estos tres factores se mezclan, interaccionan, se funden y se chocan, moldeando nuestra capacidad de percepción y de ejecución musical. Por un lado tenemos que dejar que éste proceso siga adelante, fluyendo, buscando nuestra propia senda de expresión artística y cultural. Al mismo tiempo, cuando sea posible (y necesario) tenemos que ajustar de vez en cuando el camino, para orientar el proceso y evitar entrar en senderos sin salidas. Esto sí, siempre recordando que el fin no es la meta, sino disfrutar del mismo recorrido.

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Aquí podéis encontrar un esquema que integra filtros y objetivos de la música. Os invito a intentar “clasificar” a vosotros mismos, pensando en cual puede ser la combinación de factores que os caracteriza como músicos. Este post nace de una charla con Ernesto, y va dedicado a él, que quizás tarde o temprano se anima y se pone en serio con su cajón peruano, a darle caña como se merece …